martes, 28 de enero de 2020

Huellas de luz

España 1943. 76 minutos.  Director: Rafael Gil. Guión: Wencelao Fernández Flórez. Música: Juan Quintero. Fotografía: Alfredo Fraile. Reparto: Isabel de Pomés,  Antonio Casal,  Juan Espantaleón,  Camino Garrigó,  Juan Calvo, Fernando Freyre de Andrade,  Mary Delgado,  Nicolás D. Perchicot,  Ramón Martori, Julio Infiesta,  José Prada
Octavio Saldaña, un hombre joven y soñador, está empleado en las oficinas de la empresa Manufacturas Sánchez-Rey. Como premio a su trabajo, el señor Rey le invita a pasar unos días en un balneario. Allí, conoce a Lelly, hija de un fabricante de paños, y decide hacerse pasar ante ella por un millonarioLa historia se basa en una novela corta del notable periodista y escritor Wenceslao Fernández Flórez (ya famoso galardonado en la década de los años veinte con premios como el de Bellas Artes y el Nacional de Literatura), intelectual muy crítico contra el sectarismo izquierdista extendido por España durante la II República, que logró escapar de los asesinatos realizados en Madrid por las milicias socialistas del Frente Popular gracias a la Embajada de Holanda donde se refugió y que le dejaron huellas no de luz sino de amarga experiencia:

«El olor a rojo es tan fuerte y típico que creo posible distinguir un marxista y aún seguir su rastro con olfato poco ejercitado. El marxismo —religión de presidiarios, fracasados, de envidiosos, de contrahechos, de vividores, de perezosos, de gente de cubil— tenía que oler así precisamente: a conciencia podrida, que huele peor que una ballena muerta porque el marxismo materialista es una doctrina intestinal...»

Tanto Wenceslao como el propio director Rafael Gil realizaron el guión de esta película, el cual merece el calificativo en mayúscula de ENCANTADOR. Se trata de una narración donde es inevitable reír y llorar con fascinación. Una historia clásica donde el personaje principal (interpretado a la perfección por Antonio Casal) es un pobre hombre o pobre siervo contemporáneo, de buen corazón y presencia, que vive con su anciana madre, que por una casualidad del destino halla a un benefactor de ésos que en la vida aparecen a veces como si fuesen “ángeles de la guarda” e intervienen en nuestro camino, nos sacan de la desdicha o la atonía y nos elevan hasta el mismísimo Reino de los Cielos sobre la Tierra.

Una película en blanco y negro la más de agradable, que deja un sabor enorme a maravilla y milagro en la memoria de quienes la vean. Para mí de las mejores, inolvidables y siempre merecedoras de ensalzamiento en la historia de sobresalientes películas españolas. Toda una obra cinematográfica para gozar, para quedar rejuvenecido ante la hermosura de Isabel de Pomés y sobre todo para conservar en nuestro rincón del alma donde se guardan “in aeternum” las visiones que en verdad nos calaron y llenaron de contento.

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