lunes, 29 de abril de 2019

Un condenado a muerte se ha escapado

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Francia 1956 99 minutos Director: Robert Bresson. Guión: Robert Bresson. Música: Mozart. Fotografía: Leonce Henri. Productora: Gaumont. Reparto: François Leterrier,  Roland Monod,  Charles Le Clainche,  Maurice Beerblock, Jacques Ertaud
Sinopsis: Abril de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial. Fontaine, un joven de 27 años miembro de la Resistencia francesa, que lucha contra la ocupación nazi, es arrestado por la Gestapo para ser interrogado. Fontaine sospecha que va a ser ejecutado y empieza a planear su fuga.
Una historia sencilla, un hombre encarcelado traza un plan para escapar de la cárcel. Ni más ni menos. Tan simple como parece, ni trata de que pensemos, ni nos pretende soltar ningún mensaje, sólo contar la historia. Donde reside la grandeza de esta película es en el cómo se cuenta.

Las fuertes convicciones del autor sobre lo que debe ser el cine (o cinematógrafo, como él lo llamaba) se dan cita y marcan esta película. Toda la narración, planos e incluso diálogos están volcados irremisiblemente en la historia, Bresson no se permite una sola distracción. Y el resultado es demoledor.

Nadie ha transmitido mejor la sensación de estar encerrado entre cuatro paredes, de mirar la ventana de la celda porque es lo único que nos recuerda que la libertad flota ahí afuera, la necesidad de comunicarnos entre nosotros para sobrellevar la condena (aquí carcelaria, pero me refiero a cualquier tipo, la de nuestro día a día), la presión de que hay alguien encima de nosotros que nos vigila a cada paso y que debemos burlar, ese alguien que no existe, es una entidad que está ahí para privarnos de nuestra libertad, es alguien que es el dueño del ruido de pasos, del chirriante sonido de una bicicleta, del grito de "¡Fuego!” y a continuación de un estruendoso sonido de disparos.

Bresson limita completamente su historia a las sensaciones primitivas de cualquier ser humano, por lo tanto todos nos podemos identificar. Como un "hitchcock naturalista", Bresson juega con todos nosotros, nos encierra en cuatro paredes, nos infunde miedo y claustrofobia, nos hace añorar la libertad, nos pone taquicárdicos en la parte final, y, por último, nos hace amar la vida. Bellísima obra maestra.

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