lunes, 30 de mayo de 2016

remontada de Nibali y Valverde tercero

Llegó exultante Nibali a la meta de un santuario mariano, el de Santa Ana, en las alturas sobre Cuneo en el Piamonte más extremo, y también tan feliz, o si no más, y así lo expresó sin dejar de dar botes y abrazos, Valverde, quien terminó de hundir al destrozado de cuerpo y alma Steven Kruijswijk, quien tullido y todo defendió terrible hasta que no pudo más su tercer puesto en el podio de un Giro cruel.
Nibali o Napoleón o Aníbal o lo que se sintiera nada más terminar la etapa y saberse ganador de su segundo Giro (la última etapa, el paseo de Cuneo a Turín no debería servirle a Chaves para recuperar el tiempo perdido) habló como hablaría un general, como, quizás le gustaría su epitafio. “Ataqué sin miedo a perder, sin miedo a ganar tampoco”, dijo el siciliano recuperado para el Giro después de sus desventuras dolomíticas, dijo, por el amor de la gente a la que no podía defraudar. Atacó con ciencia también. “Esperé a los 1.900m de altitud, donde me sentía superior a los demás”, explicó. A esa altura suele brotar en Valverde el mal de altura intermitente, del que se declaró curado curiosamente el murciano el sábado; a esa altura, dada la menor presión del aire, al oxígeno le cuesta más llegar a los pulmones, y más a los del bronquítico Chaves, el hombre justamente nacido y criado en la altura de Bogotá, el cuerpo que debería estar más adaptado a la pobreza del aire, el organismo que más la sufrió. Apoyado por Scarponi, que aceleró silbando en la pendiente y el plato de 53 entre los pies arrastrando veloz la cadena, Nibali necesitó de dos ataques largos, sostenidos, para romper la resistencia de Kruijswijk, fácil, y luego la de Chaves y Valverde, más resistentes a a su cambio de ritmo. Fue la duración del esfuerzo, y no la sucesión de ataques cortos, más fáciles de controlar para gente con cambio de ritmo como el murciano y el colombiano, lo que dio la ventaja al Nibali desencadenado que no miró atrás. Y viéndole, los periodistas italianos declaman en castellano “cántico sublime y final”, como inspirados por Jorge Guillén.

Por la cima de la Lombarda (2.350m), donde la raya galoitaliana y desde donde los días claros y nítidos se ve Turín y más allá, Nibali pasó con 55s de ventaja sobre Chaves, admirable guerrero derrotado. Por 11s ya era líder, ya era dueño para siempre de la maglia rosa del Giro de 2016.
Delante, entremezclado entre decenas de ciclistas entre los que había cazadores de etapa (se la llevó, casi invisible, el estonio Rein Taaramae) y ciclistas como el Puma Atapuma o Mikel Nieve, infatigable y feliz en la soledad de sus fugas monólogo, que peleaban por la camiseta azul de rey de la montaña, y se la llevó el navarro de piedra, había corredores estratégicos, como el otro estonio del día, el amigo de Nibali Tanel Kangert , que terminó la tarea de ayuda iniciada por Scarponi, escudo contra el viento y ánimo.
A Chaves solo le ayudó, parcero grande, su compatriota Rigo Urán, el primer símbolo del nuevo, del joven ciclismo colombiano que emociona al mundo, e ilusiona. Valverde jugó con él un rato y después se fue a por Nibali, lo más lejos posible de Kruijswijk, para componer en la llegada, donde se abrazó con Nibali, la estampa (los dos grandes favoritos felices con sus conquistas tras el último día de montaña) que al partir de Holanda parecía cantada, pero que, debido al tremendo Giro y desgraciado de Chaves y Kruijswijk, solo pudo conformarse en el último puerto.

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