sábado, 17 de marzo de 2012

manuel blanco romasanta

Va de oficio la causa contra el hombre lobo Manuel Blanco, por varios asesinatos. Allariz, Abril de 1853”. De esta forma tan sorprendente se inicia el extenso sumario judicial –más de 2000 páginas manuscritas encuadernadas en 7 tomos- al que INTERVIÚ ha tenido acceso, y en el que se detalla el primer juicio contra un asesino en serie español, y la única causa contra un Hombre-Lobo ejecutada en un Tribunal de Justicia nacional.

El caso del Hombre-Lobo de Allariz, parece extraído de un guión cinematográfico, aunque en realidad ha inspirado uno, y varias novelas. Fue José Luis López Vázquez quien dio vida a Manuel Blanco en la película “El Bosque del Lobo”, convirtiendo a Blanco Romasanta en el único asesino en serie español que ha visto sus andanzas reflejadas en la gran pantalla. Sin embargo, en este caso, la realidad supera la ficción...

Según consta en el nuevo Libro de Bautizados de la Parroquia de Sta. Eulalia de Esgos (página 30), el 18 de noviembre de 1809 nació Manuel Blanco Romasanta, hijo de Miguel Blanco y María Romasanta, en la pequeña localidad orensana de Regueiro, municipio de Esgos.

Ya el misterio más absoluto y las más insólitas circunstancias comenzaron a orbitar en torno a la vida de Manuel Blanco desde su más tierna infancia. Tanto es así que, por razones que desconocemos, fue registrado en la partida bautismal como niña, con el nombre de Manuela Blanco. (?)
 El 29 de abril de 1825, con quince años de edad, Manuel Blanco recibe la confirmación, junto con sus dos hermanos José y Antonio, de manos del entonces Obispo de la Diócesis, Dámaso Iglesias y Lago.

Por esa época Manuel Blanco, un niño de inteligencia ágil y rápida, como se deduce de su destreza manual y múltiples oficios, comienza a aprender los que serían en el futuro sus "modus vivendi": tendero, sastre, buhonero, carpintero, etc.

Según el Libro de Casados -hoja 144 y ss..- y de Difuntos -hoja del libro primero- que se conservan en la Parroquia de Santa Eulalia de Esgos, Manuel Blanco -de 21 años- contrajo matrimonio con Francisca Gómez Vázquez el 3 de marzo de 1831. Sin embargo el matrimonio duraría poco, ya que la esposa de Romasanta fallecería, sin haber dejado hijos, el 23 de marzo de 1834. Exactamente tres años después de la boda.

Y así, viudo con solo 24 años, Blanco Romasanta comenzará a recorrer con su tienda ambulante los caminos de Galicia primero, y de España y Portugal después. En esos viajes aprenderá a moverse con soltura por bosques, caminos y "corredoiras", en los que poco después cometería sus atroces y extraños crímenes.
 Corría el año 1846. Manuela García Blanco, vecina del pueblo orensano de Rebordechao (Allariz), había decidido buscar su futuro y el de su hija Petra, de 6 años, fuera de Galicia. Manuela, nacida el 15 de diciembre de 1799, pensaba encontrar en Santander una buena casa en la que servir ganando unos dineros con los que sacar adelante a su hija. Hasta entonces servía en casa de Dª Brígida Aguiar y D. Luis García, pero ahora, medio divorciada de Pascual Merrello, había decidido vender todos sus bienes y marcharse del pueblo. Y Manuel, el tendero ambulante (entre otros oficios) que tan bien conocía los caminos del país, se había ofrecido a escoltarla hasta Cantabria, donde había prometido conseguirle ese ansiado trabajo.

Tras despedirse de sus hermanas, que por desgracia no tardarían en reunirse con ella, Manuela y su pequeña salieron del pueblo rumbo al norte.

Semanas más tarde, Manuel Blanco, el tendero ambulante, volvió por el pueblo. Ante las preguntas de los familiares de Manuela respondió que ella y su hija habían quedado muy bien colocadas en casa de un cura... Y otras vecinas del pueblo, alentadas por tan envidiable perspectiva de futuro, decidieron seguir los pasos de Manuela, abandonando Robordechao en compañía de Manuel Blanco “el tendero”.

Poco después sería Benita García quien partiría en compañía de Romasanta, en dirección a la casa de un cura de Santander donde encontraría empleo... y más tarde Josefa García, Antonia Rua... algunas de ellas viajarían con sus hijos, de corta edad. Y ninguno de ellos volvería a ser visto con vida jamás.

Pasaron las semanas, los meses y los años, y la inquietud dejó paso al temor y a la sospecha, entre los familiares de los desaparecidos. Y los rumores en torno a que algo terrible podía haber ocurrido a las mujeres y niños que viajaban con “el tendero” empezó a circular en los bosques de Galicia, llegando a oídos del mismísimo Romasanta, que decidió no volver a pisar su tierra natal, para evitar las iras de las familias, y el brazo de la Ley.

Sin embargo el caprichoso destino decidió que se hiciese justicia, y por una sorprendente casualidad, el 2 de julio de 1852 Manuel Blanco Romasanta fue detenido. Ocurrió en la villa de Nombela, partido judicial de Escalona (Toledo).

Por aquel entonces era normal que patrullas de jornaleros gallegos viajaran a Toledo para trabajar en la siega. Y la fortuna quiso que Martín Prado, Marcos Gómez y José Rodríguez, vecinos de Orense, estuviesen en el campo cuando vieron pasar a Manuel Blanco paseando tranquilamente. Reconocido como "el tendero" a quien se tenía en Allariz por un peligroso criminal, acudieron a la Casa Consistorial de Nombela y presentaron la pertinente denuncia ante el Alcalde. Inmediatamente, Manuel Blanco fue detenido, iniciándose ahí el único proceso judicial contra un hombre-lobo efectuado en España.

UN HOMBRE-LOBO EN EL BANQUILLO

Inmediatamente después de su detención, Manuel Blanco "...confesó de plano haber llevado hacía trece años una vida errante y criminal, y haber en efecto asesinado a las expresadas personas, con más a Antonia Rua, vecina de Castro de Loura y sus hijas Peregrina y María en las diferentes épocas y sitios que expresa de seis años a aquella parte, si bien dice obraba impulsado por una fuerza irresistible que le hacia convertirse en Lobo y acometer a las víctimas para devorarlas, cuya transformación atribuye alguna maldición de sus parientes...".

Y tras el de Antonia Rua, “el tendero” confesó hasta doce asesinatos más, cometidos todos ellos, según su inverosímil declaración, bajo la forma de un lobo. Apariencia esta que adoptaba debido a una maldición familiar que le hacía perder la forma humana, siendo poseído por una feroz y cruel fuerza sobrenatural que lo obligaba a matar para alimentarse con la carne de sus víctimas...

Evidentemente su primera declaración parecía el delirio de un demente. Sin embargo Romasanta resistió el examen de seis médicos y psiquiatras que certificaban su cordura legal; además se demostró que había vendido enseres personales pertenecientes a las desaparecidos; y por si esto no fuese bastante, condujo a los letrados hasta los lugares donde afirmaba haber cometido sus crímenes, siendo descubiertos restos humanos en algunos de ellos... A partir de ese instante el destino de “el hombre-lobo” estaba marcado.

Dicen los documentos judiciales a que hemos tenido acceso:
“...que ningún motivo ni causa le han dado las personas que deja mencionado para matarlas, y que sólo consecuencia de una enfermedad que le acometía varias veces, se transformaba en figura de lobo, perdiendo la de hombre, y llevado de una fuerza irresistible se echaba a las victimas que tenía delante, las desgarraba con uñas y dientes hasta que hechas cadáveres, las devoraba y comía...”.

Acaso para repartir responsabilidades, o quizás porque en su mente tales personajes realmente existieron, Romasanta incluye en su declaración a dos compañeros de fechorías. Dos malditos que, como él, sufrirían la condena del “hombre-lobo”, en compañía de los cuales habría perpetrado algunos de los crímenes que aterrorizaron a la España de mediados del siglo XIX: “... que otros dos compañeros, llamados uno don Genaro y otro Antonio, que padeciendo la misma enfermedad y sufriendo las mismas transformaciones que el declarante, y que conservando la de lobos, se han encontrado por casualidad en la Sierra del Imbernadeiro del Partido de Viana del Bollo, tomaron parte con el deponente en los asesinatos o muertes de la Manuela García, sus hermanas Benita y Josefa García, y en las de los hijos de estas, Francisco y José; que luego que recobraban otra vez la figura humana, y con ella el uso de la razón perdida, recordando lo que habían hecho cuando conservaban la de lobo, todos tres se ponían a llorar y en especial el Don Genaro mostraba un sentimiento profundo. Que el deponente conservó la figura y acciones de lobo ocho días consecutivos, y otras veces solo dos y cuatro; el don Genaro muchas veces permanecía con la misma figura de lobo, quince días, y el Antonio, cuatro, cinco, seix, y alguna que otra vez diez días...”

A pesar de que la sentencia y condena contra Blanco Romasanta se limita a nueve asesinatos, “el tendero” confesó otros crímenes, algunos de los cuales, según su declaración ante el juez, habrían sido cometidos en compañía de los otros dos licántropos a los que hace alusión constantemente en su relato: “...en compañía de don Genaro y Antonio, y conservando todos tres la figura y acciones de lobo salieron al camino a una joven que venía de la feria de Viana en compañía de un hermano suyo para su pueblo de Sotelo de Val de Louro, la asaltaron, desgarraron y devoraron, aprovechando la ocasión de haberse separado un instante de su hermano... que habíamos tres o cuatro años hicieron otro tanto con una mujer de Chaguaroso, que andaba a la parte de arriba del pueblo...”
Según figura en algunos documentos del sumario, Manuel Blanco ya había sido considerado sospechoso de haber asesinado a otras personas, como Manuel Ferreiro o Vicente Fernández, sin embargo nunca fueron descubiertos los cuerpos, ni tampoco objetos personales de los mismos en poder de “el tendero”, por lo cual no pudo demostrarse que Romasanta fuese autor de esos nuevos crímenes. Sin embargo en su confesión, “el tendero” confiesa con todo detalle como habría también los había asesinado, esta vez en solitario.

El caso acaparó la atención internacional en la época, y hasta el juzgado de Allariz se desplazaron corresponsales de prensa de otros países. Para todos resultaba inconcebible que un “buen católico” como Manuel Blanco pudiese haber cometido crímenes tan espeluznantes. Y es que “el tendero” disfrutaba en el momento de su detención, de un pasaporte especial emitido por la Santa Sede, que lo acreditaba como hombre piadoso y merecedor de toda confianza. Dice el citado documento, que obra también en poder del autor: “Y por cuanto vos Manuel Blanco, contribuisteis con la limosna de tres reales de vellon, que es la que en virtud de autoridad Apostólica hemos tasado, y recibisteis este Sumario... declaramos que se os concede y podéis usar y gozar de todas las referidas indulgencias, facultades y gracias...”

Pero, ni las apelaciones a la Santa Cruz que hizo el abogado defensor durante el proceso, pudieron evitar el veredicto de culpabilidad contra Manuel Blanco Romasanta, en cuya sentencia se enumeran los agravantes que deberían condenar a “el hombre-lobo”, a la pena capital: “Fallo: que declarando a Manuel Blanco Romasanta, tendero, reo de los nueve homicidios que forman parte del 1er cargo, con las circunstancias de haber sido ejecutadas las muertes con alevosía y premeditación conocidas, y con tal comprendido en el artículo 333 del Cod. Penal, con las agravantes de haber sido ejecutadas las muertes en despoblado y haber intervenido abuso de confianza... le debía condenar y condeno a la pena de Muerte en Garrote con la imposición de costas y gastos del juicio...”.

La sentencia condenatoria fue reflejada en la prensa internacional, para júbilo de las familias de las víctimas. Y poco después, tal sentencia era ratificada nuevamente: "FALLAMOS: que debemos cumplir y enmendar la Real Sentencia de vista de nueve de noviembre último y confirmar como confirmamos la pronunciada en seis de abril anterior por el Juez de primera instancia de Allariz en cuanto por ella condeno al repetido Manuel Blanco Romasanta a. Tendero, por los nueve homicidios expresados, a la pena de muerte en Garrote, con imposición de costas y gastos del juicio, y manda entregar a los herederos de las víctimas las ropas depositadas en la (ininteligible) y dar sepultura eclesiástica a los restos humanos recogidos, absolviéndole de la instancia respecto a los demás cargos que se le hicieron, cuya pena se ejecutará con arreglo a los dispuesto en el artículos ochenta y nueve y noventa de dicho código. Le condenamos además al pago de mil reales por cada una de las expresadas víctimas a sus herederos, por vía de indemnización de perjuicios en cuanto alcancen sus vienes, y a que indemnice a los compradores de los efectos recogidos al precio que dieron por ellos con los gastos del juicio y costas al Tribunal...".

Y cuando la terrible historia del hombre-lobo de Allariz parecía haber llegado a su fin, la fortuna da un cambio de sentido radical a la trama.

Hasta Africa había llegado la noticia del caso, y a punto de ejecutarse la sentencia contra Manuel Blanco, llega una carta fechada el 3 de julio de 1853 desde Argel, dirigida a la mismísima Reina Isabel II a través del Sr. Ministro del Estado. Dicha carta, firmada por un enigmático Mr. Philips, ruega la detención de la ejecución: "La libertad que me tomo en este momento de dirigirme a Vuestra Excelencia tiene por objeto detener, si es tiempo, la mano de la justicia española, pronta a caer sobre un desgraciado..." Así comienza la misteriosa carta que cambia el rumbo de esta historia.

El tal Mr. Philips, que se definía como profesor de "electrobiología" (sin duda se refería al magnetismo animal de Mesmer, precusor de la actual hipnosis), afirmaba que veía en Manuel Blanco "...a un desgraciado acometido por una especie de monomanía conocida de los médicos antiguos bajo el nombre de licantropía".

Mr. Philips afirmaba que cualquier ser humano podía ser víctima de esa enfermedad, y aseguraba haberlo demostrado repetidas veces, habiendo provocado en personas de demostrada seriedad, trances en los que se creían lobos y otros animales, perdiendo en esos momentos el individuo la conciencia de sus actos, y moviéndose bajo el instinto de la identidad animal que le hubiese impuesto Mr. Philips. La carta en cuestión venía firmada por una decena de testigos que aseguraban haber presenciado las sesiones hipnóticas de Mr. Philips, así como varios artículos de la prensa argelina que recogían varios experimentos realizados por el hipnólogo.

El enigmático "electro-biólogo" francés se ofrecía a viajar a Madrid, costeándose el viaje para demostrar a Su Excelencia sus argumentos e intentar salvar la vida del licántropo.

Y lo cierto es que la sorprendente carta surtió efecto, y los argumentos del hipnólogo fueron escuchados y atendidos por la mismísima Isabel II.

Así, el 13 de mayo de 1854 se revoca la primera sentencia con una real orden que condena la hombre-lobo a una pena de cadena perpetua: “Fallamos que revocando como revocamos la sentencia de seis de abril último, consultada por el juez de primera instancia de Allariz, debemos condenar y condenamos a Manuel Blanco Romasanta (a) tendero, a la pena de cadena perpetua...”.

UN EPILOGO MISTERIOSO

Manuel Blanco, “el hombre-lobo”, dio con sus huesos en la prisión de Allariz, donde debería terminar sus días, pero parece que el destino se había empeñado en que un halo de misterio rodease este caso hasta el final. Y es que, si bien consta documentalmente que Manuel Blanco Romasanta ingresó en la prisión de Allariz, no consta que jamás saliese de ella... ni vivo ni muerto.

Según las pesquisas que el autor ha podido realizar tanto en Allariz como en Rebordechao o Sta. Eulalia de Esgos, no existe ninguna tumba a nombre de Manuel Blanco Romasanta.

Los historiadores orensanos que han investigado en profundidad el caso no han encontrado ningún registro del fallecimiento de “el tendero” en prisión, y tampoco consta un traslado de cárcel, un indulto, ni nada por el estilo. La pista histórica de “el hombre-lobo” simplemente se diluye en las paredes de aquella prisión, y cuentan las ancianas del rural gallego, herederas de las antiguas meigas y paisanas de la Santa Compaña, que Manuel Blanco, adoptando la forma de lobo, consiguió burlar a sus carceleros y huir a los bosques de San Mamed donde, todavía hoy, en ciertas noches de plenilunio, se puede escuchar su terrorífico aullido, mientras acecha entre las sombras a alguna joven doncella, con cuyas tiernas carnes saciar su inagotable apetito...
Para los especialistas del Centro de Investigación y Análisis de la Criminalidad Violenta y Sexual (CIAC), única asociación especializada en los asesinos múltiples en España, el caso Romasanta es un caso arquetípico de psicópata en serie. Varios de ellos, como el Tte. De la Guardia Civil Jose Luis Cervero o al criminóloga Pili Abeijón –directora de la única página web en castellano sobre Serial Killers- han estudiado a fondo e in situ el caso Romasanta.

En opinión de estos componentes del CIAC Manuel Blanco Romasanta era un asesino en serie del tipo psicópata típico. Romasanta esperaba el momento oportuno para cometer los crímenes sin ser visto, además rentabilizaba sus crímenes vendiendo los objetos personales de sus víctimas. Ocultaba los cuerpos para evitar ser descubierto y, cuando se iniciaron los rumores de sus posible asesinatos, tuvo la sangre fría suficiente para falsificar una carta a los familiares de su primera víctima, imitando su letra y pretendiendo tranquilizar a sus parientes asegurando que Romasanta la había conducido a la casa de un cura donde vivía comodamente. Incluso, en una ocasión, Blanco Romasanta se cambió de nombre para eludir la persecución que habían iniciado los vecino de Rebordechao. Todo ello indica, según los expertos del CIAC, la suficiente cordura como para poder elaborar estrategias y tácticas para evitar a la justicia.

Según los estudios del CIAC es probable que Romasanta portase además algún arma con la que ayudarse en la comisión de sus asesinatos, ya que según la documentación que obra en poder de CIAC, incluyendo retratos robot y descripciones forenses de Manuel Blanco, tan sólo medía 1, 37 cm. de estatura, siendo un hombre que difícilmente poseería la fuerza física suficiente para matar tan solo con sus manos a las mujeres y niños, y sobretodo a los hombres de cuyas muertes se confesaba autor. Todos estos elementos hacen suponer a los especialistas que Manuel Blanco Romasanta encaja perfectamente en la clasificación de psicópata.

Por otro lado Romasanta vivió una infancia difícil. Huérfano de padre y víctima de una educación represora, en su primera edad pudo gestarse en su mente la semilla de la psicopatía que, con el paso de los años lo convertiría en el mas brutal asesino en serie de la historia criminal española, haciendo palidecer a otros Serial Killers como Joaquin Ferrandis, Manuel Delgado o Francisco Garcia.


Es el primer psicópata criminal del que existen pruebas documentales en España. Era un ser inteligente, culto, podía tener la formación de un clérigo de aldea en la Galicia del siglo XIX, pues leía mucho y era un seductor que enamoraba a las mujeres con poemas.
El año de 1839 es clave en la vida de Romasanta ya que según sus declaraciones es cuando aparece la maldición, la fada que le transforma en hombre lobo. Galicia, Portugal y Castilla son sus principales destinos. En 1843 se ve involucrado en un extraño suceso. La muerte del alguacil de León, Vicente Fernández. El agente sale al paso de Manuel Blanco para embargarle la tienda por una deuda de 600 reales. Nadie ve al alguacil pero el 25 de agosto aparece el cadáver de Fernández. El 10 de octubre de 1844, el Juzgado de Primera Instancia de Ponferrada condena a Manuel a 10 años de presidio. Éste, en paradero desconocido, es declarado en rebeldía. Comienza aquí la negra historia de Romasanta que, oliendo el peligro, regresa a Orense. A principios de 1844 se instala en Rebordechao, tierras de Vilarde Barrio. Aquí se hace querer y pronto goza de la estima del pueblo. No se pierde una misa e incita a todos a rezar; es el perfecto devoto. Continúa con su oficio de buhonero pero acaba siempre regresando a Rebordechao. Es un hombre tímido y reservado. Nadie podía sospechar que tras ese aspecto inocente se escondiera una bestia. Durante su estancia en Rebordechao, Blanco sería responsable de al menos nueve homicidios: siete mujeres y dos varones.
Aprovechando que viajaba con frecuencia, Manuel se ofrecía como guía de aquellos que quisieran emigrar a la ciudad. Algunos le siguieron y ninguno volvió a ser visto vivo.
Manuel regresaba de sus viajes con cartas y buenas nuevas, el hecho de que sólo llegaran noticias por su mano, alertaron a vecinos y familiares. Desde la desaparición de Josefa, los rumores se disparan. De todos era conocido que en Portugal Manuel vendía grasa, una especie de medicina popular, cotizada a peso de oro. Se dedicaba con total tranquilidad a despellejar y vaciar a sus víctimas para vender su manteca y sus pertenencias, sólo por dinero. Y después dedicaba los restos al gaznate de los lobos del lugar, era porque formaba parte del personaje que fingía ser en aquella sociedad supersticiosa e ignorante de entonces.
Y cada vez son más aquellos que apodan a Manuel "sacamantecas", convencidos de que había asesinado a sus conocidos y vendido la grasa. A mediados de 1852 se encuentra en Nombela, provincia de Toledo, dedicándose a la siega. Y es en estas tierras donde finaliza la fada que le convierte en hombrelobo. Según Manuel, la maldición concluye el 29 de junio de 1852, día de San Pedro. Romasanta vuelve a ser un hombre normal.
En agosto de 1852 comienzan las investigaciones. Ya en Galicia, Blanco se desmorona y confiesa; una confesión que rebasó fronteras, fue recogida en los periódicos de la época y originó apasionados debates jurídicos en salas abarrotadas. Y es que no todos los días se detenía a un hombre lobo. El caso levantó tanta expectación que incluso la Reina de España, Isabel II, tuvo que intervenir en el devenir de los acontecimientos.
Los detalles del proceso están recogidos en La Causa 1788, del Hombre Lobo. Las más de dos mil páginas, divididas en cuatro piezas, dos rollos y un extracto descansan en el Archivo Histórico del Reino de Galicia, en La Coruña.
Según declaraciones de Blanco, las transformaciones ocurrían esporádicamente sin que él pudiera evitarlo. Manuel se revolcaba en el suelo y cambiaba de aspecto convirtiéndose, en hombre lobo. Daba muerte a su víctima con manos y dientes y después se la comía. Siempre eran presas fáciles: mujeres y niños.
Pero, ¿qué fue de Manuel Blanco tras el juicio? No hay respuesta. El hombre lobo de Allariz desaparece en 1854 tras la última sentencia. No hay constancia de su muerte, enterramiento o posible liberación. La imaginación popular echó alas y la leyenda del hombre lobo ya no paró de crecer. Existen tres versiones:
Primera. (La oficial). Manuel falleció de muerte natural al poco tiempo de ingresar en prisión.
Segunda. Blanco murió a manos de algún carabinero ansioso de comprobar cómo se transformaba en lobo. Para sorpresa de todos, no resultó inmune a los disparos.
Tercera. La que se cuenta al calor de la lumbre a medianoche. Manuel escapó de la cárcel y, hoy en día, el hombre lobo de Allariz vaga por los bosques buscando nuevas presas.
 De Manuel Blanco Romasanta se dice que era un hombre educado, de facciones gentiles, de buena posición económica y que pasaba desapercibido en la ciudad de Galicia a mediados del siglo XIX. Sin embargo, es en estos tiempos recordado, como el primer español en la época moderna de ser condenado judicialmente como el primer hombre lobo de España.

Dicen que su primer desvarío ocurrió luego de morir su esposa, desde ese momento, Manuel Blanco Romasanta fue acusado de vender nada menos que grasa humana a Portugal. Debido a este delito fue detenido en Toledo en 1843 y fue acusado además por el asesinato de un alguacil llamado Vicente Fernandez. Sin embargo, Romasanta logró escapar y según se dice, pasó el resto de su vida en un pequeño pueblo llamado Ermida.

Allí se hizo rápidamente amigo de sus vecinos debido a que desconocían su pasado delincuencial, incluso, muchos de ellos lo consideraban un tipo sumamente afeminado debido a que realizaba oficios dedicados principalmente a las mujeres como el de hilador o tejedor.

Gracias tal vez a esta nueva imagen, Romasanta se sintió confiado y continuó con sus asesinatos, matando a 9 víctimas más, principalmente mujeres y niños, los mismos que luego confesaría, habría matado con sus propias manos y dientes y de haberlos luego devorado.

Fue justamente el análisis de aquellas heridas las que luego determinarían que el atacante habría sido un lobo y no un ser humano, debido principalmente a que existían rastros dentales en los cuerpos que eran similares a los colmillos de los lobos.

Tal fue la importancia de estos indicios que el 6 de abril de 1853, Romasanta fue acusado judicialmente de licantropía, es decir, de ser un hombre lobo asesino (así consta en los archivos pues su juicio fue llamado oficialmente 'Causa 1788 del hombre lobo') y fue condenado al garrote vil (pena de muerte), y a una indemnización de 1000 reales por cada víctima.

Sin embargo, el problema ocurrió cuando el propio Romasanta aceptó y se autocalificó como un Hombre-lobo y excusó su accionar aduciendo que de joven había sufrido una maldición o un hechizo que le producía constantes alucinaciones en las que se veía rodeado de lobos después de sus asesinatos.

Este argumento fue adoptado por un hipnólogo francés quien envió una carta al ministro de Gracia y Justicia afirmando que Romasanta era un afectado de un desorden de las funciones de su cerebro y que por ello no era responsable de sus actos. Prácticamente, lo excusó de locura.

La polémica del juicio llegó a tal magnitud que la propia Reina Isabel II, intervino en el caso e hizo las labores para que el Tribunal Supremo de Justicia exima de toda culpa al cuestionado asesino. Las peguntas del porqué la Reina intervino en el proceso judicial a Romasanta aún no puede ser explicado, sin embargo, lo que se sabe es que al final la Reina logró que al asesino se le cambie la pena capital por una mucho más benigna, la cadena perpetua.

Sobre la versión de su muerte también existe cierto halo de misterio, algunos dicen que murió en la prisión de Allariz, vestido de mujer y cobrando unos centavos para mostrar su rostro a quien se lo pidiese, no obstante, otros aseguran que logró escapar y que murió lejos de esa prisión.
 esus G. Yariez/Anxeles Prada (articulo aparecido originalmente en el núm. 54 de Enigmas.
Fue apresado, juzgado y sentenciado a muerte. El orensano Manuel Blanco Romasanta confeso haber asesinado y devorado a trece personas convertido en lobishome. Todo quedo recogido en La Causa 1788 del HombreLobo que hoy se conserva en el Archivo Historico del Reino de Galicia. Expertos criminologos han otorgado a Blanco el titulo de ma's brutal asesino en serie de toda la Historia criminal espanola.



el caso de manuel romasanta, es el caso del primer asesino en serie gallego y español, las acusaciones de licantropia, es un canto popular sin más.


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