miércoles, 9 de enero de 2019

Aquaman

Usa 2018 139 minutos. Acción. Director: James Wan. Guión: David Jhonson. Música: Rupert Gregson. Fotografía: Don Burguess. Productora: DC Comics. Reparto: Jason Momoa,  Amber Heard,  Patrick Wilson,  Willem Dafoe,  Nicole Kidman, Yahya Abdul-Mateen II,  Temuera Morrison,  Dolph Lundgren,  Michael Beach, Ludi Lin,  Graham McTavish,  Patrick Cox,  Randall Park,  Djimon Hounsou, Leigh Whannell,  Sophia Forrest,  Natalia Safran,  Tahlia Jade Holt
Reparto: Cuando Arthur Curry (Jason Momoa) descubre que es mitad humano y mitad atlante, emprenderá el viaje de su vida en esta aventura que no sólo le obligará a enfrentarse a quién es en realidad, sino también a descubrir si es digno de cumplir con su destino: ser rey, y convertirse en Aquaman.
Aquaman' se quita rápido sus complejos, y decide que la mejor manera de hacerlo es abrazarlos con ganas hasta que se conviertan en virtudes.
Es una historia tan enamorada de sus posibilidades de aventura, romance, acción o fantasía que estaría de más ponerle pegas, mucho menos pedirle absoluta integración de todas sus piezas.
Lo más difícil ya viene hecho: el reino de Atlantis existe en el territorio de la pura maravilla, lejos de solemnidad plomiza para hacerlo "creíble", y su director James Wan se ha dado cuenta de que la clave está en sorprender antes que aburrir, tratando de apoyarse en la pura potencia de sus actores y diseño. A partir de ahí, ya cada uno decide si nada o se ahoga (juarz, estoy a tope de metáforas).

Un ejemplo: el tierno romance de farero y sirena traída por la tormenta me llega porque Nicole Kidman, en modo todoterreno, se cree de pies a cabeza ser una reina guerrera capaz de zurrar un comando atlante, embutido este en armaduras casi alienígenas de inspiración Julio Verne.
De la misma manera, pese a su cansina insistencia en dejar claro lo machote que es bebiendo cerveza, Jason Momoa tiene algún genuino momento vulnerabilidad, o sorpresa ante la monumental puerta de entrada a Atlantis, y hace la clase de carismática pareja con la Mera de Amber Heard que no necesita de mucha pullita para seguirles por los siete mares.
Y de Orm, el SEÑOR DEL OCÉANO, o de Manta Negra qué decir, puros malvados de tebeo, dramáticos y vengativos como ellos solos, resistentes como la mala hierba, aportando la necesaria nota de megalomanía bien entendida ante demasiado supervillano con ambigüedad moral: si sus caras de morro torcido al ver a Arthur Curry no son fidelidad al cómic, qué lo es.

Lo mejor de 'Aquaman', junto a su estética de profundidades lumínicas que debe haber costado un pastizal, es su nula preocupación ante lanzarse de cabeza a por cualquier idea chiflada.
¿Quieres soldados bioluminiscentes vendiendo en alta mar sus armas a pirata tecnológico? ¿quieres combates a muerte en coliseo de magma oceánico? ¿te apetecería una persecución destructiva a través de las calles sicilianas? ¿tal vez un paseo por el reino perdido del Sahara? ¿quizás un descenso infernal a los abismos terroríficos de seres involucionados?
Todo es una hemorragia de escenarios, tonos y personajes, con la búsqueda del tridente dorado de fondo, hasta el punto de que tus sentidos están tan epatados que te cuesta no encontrarle un ramalazo de melancolía poligonera al "Africa" versionado por Pitbull. Tan ajustada va la cosa que Wan se tiene que buscar el hueco para meter un paréntesis "mira que juay es la superficie y su gente, Mera" con la sensibilidad de un tiburón armado, por si quedaban dudas de que esto es un serial de los años 30 con los medios que aquellos nunca tuvieron.

La realidad es que no había manera de triunfar sin bordear el terreno de la autoparodia, solo que James Wan, en vez de quedarse ahí, decide salir por el otro lado para demostrarte que el hombre pez se merece un hueco entre los héroes actuales.
Ya les gustaría a muchos, de cualquier palo y compañía, zambullirse con tanto respeto en su mitología que el clásico traje de escamas doradas pase a ser un épico momento de orgullo, donde lo menos trascendente es cómo luce, sino lo que representa.
Ahí ya no importa el peso de ninguna cultura popular: solo queda la fantasía ganando la partida al ridículo, como siempre sucede cuando se cree fervientemente en ella.

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