viernes, 9 de noviembre de 2018

Nueva Orleans

En 1763, Francia decidía compensar a su aliada España por los servicios que esta le prestaba frente al común enemigo inglés. Así pues, tras la pérdida temporal de La Habana y Manila a manos de los ingleses, Francia cedía el territorio de la Luisiana al Imperio español en cláusula secreta al tratado de París. El primer gobernador solo arribó en 1766; se trataba entonces del geógrafo Antonio de Ulloa, quien sufrió el absoluto rechazo de la población, al creer esta erróneamente que los españoles venían a cambiar sus usos y su lengua; a Ulloa sucedió Alejandro O'Reilly, bajo cuyo mandato un grupo de colonos franceses, contrarios a las restricciones comerciales de la nueva metrópoli, se rebeló contra el gobierno español y su «mal vino». O'Reilly, siguiendo órdenes de Madrid, reprimió enérgicamente la revuelta, nada menos que decapitando a los cinco principales sediciosos. Tras eso, la tranquilidad sería absoluta a lo largo de todo el período español. Entre los gobernadores de la Luisiana española sobresale Bernardo de Gálvez, figura decisiva de la participación española en la génesis de los Estados Unidos. Sus victoriosas campañas frenaron el avance inglés por el flanco sur de la joven república norteamericana. Con una poderosa flota traída desde La Habana derrotó a los ingleses en el golfo de México, haciendo que Inglaterra reconociera la soberanía española en las Floridas. Gálvez también supo poner fin al contrabando inglés. Mantuvo excelentes relaciones con los colonos franceses, no solo por sus dotes de gobernante, sino también por desposar a Felicité de Saint Maxent, criolla francesa. Fomentó la agricultura, y también por cuestiones militares, trajo pobladores procedentes de las islas Canarias, a los que distribuiría en colonias cercanas a Nueva Orleans en tierras que eran poco habitables.


El clero y los administradores españoles enviados a la colonia eran escogidos de entre una clase ilustrada y bilingüe, a fin de congraciarse con una población de suyo reacia a la transferida soberanía. Bajo España, la ciudad fue elevada a sede diocesana, siendo su primer obispo el capuchino Fr. Andrés Peñalver y Ródenas, venido de La Habana. Después de dos grandes incendios, en 1788 y en 1794, el Cabildo español impuso el adobe o ladrillo como material de construcción de inmuebles en la ciudad, con lo que esta fue adquiriendo su hermoso y peculiar aspecto. Andrés de Almonaster y Rojas, notario público de la ciudad que aspiraba a títulos nobiliarios, pagaría de su propio peculio grandes obras públicas, como la vasta Plaza de Armas, incluidos la Catedral, los palacios del Cabildo y del Presbiterio y los edificios de apartamentos que, con soberbios balconajes, flanquean dicha plaza. A la muerte de Almonaster, su hija, la baronesa Micaela Almonaster de Pontalba, completaría la obra paterna. Todo ello ha sido preservado hasta hoy día.

La ciudad sufrió grandes epidemias de fiebre amarilla, malaria y viruela. La última de ellas a principios del siglo XX. En 1795, España cedió los derechos de uso del puerto a los Estados Unidos, lo que trajo un considerable auge comercial a la ciudad. En 1801, rescindido el pacto borbónico entre Francia y España, Napoleón decidió unilateralmente la retrocesión de la Luisiana a Francia. La noticia solo se hizo pública en 1803; al mes de saberse, el gozo de los residentes franceses se trocó en consternación, pues también aprendían que la inmensa colonia, incluida su hermosa ciudad, era vendida a la joven república norteamericana (Cf. Compra de Luisiana. En la época, la ciudad de Nueva Orleans tenía una población de unos 10 000 habitantes.

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