viernes, 23 de noviembre de 2018

Mano de Alba


Era un bar lúgubre y frío, que acumulaba la humedad y congelaba los pensamientos, como si fuese imposible hacer otra cosa que pestañear para que los ojos no se quedasen paralizados y respirar para que los pulmones no se tornasen en hielo. Y era el único lugar a donde ir para tener una probabilidad, aunque remota, de cruzarse con alguién que no fuese una de las diez personas que poblaban la aldea anclada en las montañas.

Pero ese día, precisamente, cuando el hastío estaba más atrincherado en él que nunca, su mirada se encontró con la silueta nada familiar de una mujer. Estaba sentada a una mesa, justo al otro lado del bar, esto es, a cuatro metros, pues el local se recorría sin dificultades en dos zancadas, aún estando borracho. Al principio se sintió engañado por sus sentidos, no era posible que una beldad de semejantes proporciones se hubiese dejado caer por estos páramos. Se la imaginaba una mujer singular, con una vida excitante, trepidante, llena de emociones, con escaso o nulo tiempo para el bostezo y un montón de aduladores siempre cerca de ella, como los mosquitos hambrientos de los documentales de la tele. No, no era posible, sus percepciones estaban siendo distorsionadas por una tarde de tazas de vino sin pausa y seguro que tenía delante al Eufrasio, que otra vez se había puesto el traje de lagarterana, en uno más de sus arranques de locura y genialidad.

De todas formas, bien visto...esas piernas esbeltas y sin bello, esas caderas anchas y curvilíneas, ese pecho que asomaba en el perfil y ese cuello de blanco brillante y estirado... o mucho se había superado esta vez el Eufrasio o lo que tenía delante suyo era, sin lugar a dudas, una mujer de bandera. Y entonces observó algo que disipó toda duda que todavía quedase en su desconfiado cerebro. Una mano, fina, elegante, blanca como la nieve, de moviemientos estudiados y de graciles posturas, una mano que se elevaba periódicamente hasta unos labios que intuía carnosos, rojos rojísimos, entreabiertos, una mano que exhalaba humo de manera silenciosa, como un tren sin railes en medio de la noche. Sí, aunque estaba de espaldas y no podía verle el rostro, lo que tenía ante él era un ejemplar de mujer, como las que aparecen en los libros de texto de la escuela, como las de los maniquíes de las tiendas de la capital. En fin, una mujer.

Pero lo que más cautivado lo tenía era esa mano, era como un imán que atraía su mirada. Se movía de forma tan espontánea y predecible al mismo tiempo que su contemplación transmitía sensibilidad, conocimiento y belleza. Nunca había visto una mano así. No tenía anillos, bello, cicatrices ni tatuajes, era una mano impoluta, de la que el humo brotaba como por algún tipo de sortilegio. Instantáneamente sintió amor por esa mano, hubiese deseado tocarla, acariciarla, besarla, arroparla con su chaqueta para resguardarla del frío y finalmente llevársela consigo para mostrársela al mundo. Entonces, como sin intención, su vista cayó sobre sus propias manos callosas, grandes, arrugadas y fatigadas y supo, con toda seguridad, que jamás esa mano caería entre las suyas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario