martes, 30 de octubre de 2018

Charlot, bombero

Usa 1916 cine mudo 32 minutos. comedia. Director: Charles Chaplin. Guión: Charles Chaplin, Vincent Bryan. Fotografía: William Foster. Productora: Lone Star. Reparto: Charles Chaplin,  Edna Purviance,  Lloyd Bacon,  Eric Campbell,  Leo White, Albert Austin,  John Rand,  James T. Kelley,  Frank J. Coleman. Sinopsis: Charlot trabaja de bombero y siempre se las apaña para hacer algo mal. Aquel humor picaresco y mímico, el gag del absurdo y el equívoco, pretendidamente ingenuo pero en realidad mucho menos de lo que aparenta, era una bandera en el cine mudo chaplinesco de la década de los diez y de los veinte. El genio del music hall callejero despuntaba en los albores del arte más revolucionario de la era contemporánea: el cine. Puede que no sea exagerado afirmar que el cine se consagró definitivamente cuando lo apadrinó este icono inmortal.
Hoy estamos de vuelta de todo, hemos visto demasiado ya, por eso como espectador no es sencillo simular que se dejan aparcadas durante veintitrés minutos tantas décadas de bagaje. Porque eso es lo que hay que hacer cuando uno se dispone a ver en su tele digital de última generación un corto de Chaplin de 1916.
El pantallón de treinta y siete pulgadas diseñado para inundar el salón con lo más novedoso en imagen comienza a transmitir una peliculita en blanco y negro borroso, sucio, con esas manchas y saltos del celuloide viejo original. La tecnología no puede competir con el añejo encanto de una artesanía ya trasnochada, se queda corta y olvidada cuando nos ayuda a fingir que volvemos a unos tiempos que no vivimos, muy anteriores a nosotros mismos, en los que aún no había figurones del estrellato cinematográfico y la gente comenzaba a descubrir una nueva distracción, la de contemplar con sus ojos mundos de ficción en dos dimensiones.
Uno tiene que ponerse en la piel de aquel público ignorante de unos mass media que todavía no habían dominado las ondas, de unas salas de proyecciones que estaban empezando.
Hay que imaginar las caras de aquellas familias que trabajaban a destajo toda la semana y que aguardaban como agua de mayo el prodigio de ver que pasaban cosas en una tela blanca, a la que llegaba un haz de luz que parecía cosa de magia. El bomberillo patoso al que nadie querría llamar si su casa estuviera en llamas, a no ser que se tratara de una bonita chica en peligro, debía de hacer estallar en risas a una sala agradecida y alborozada, abuelos, padres e hijos regocijándose con las desventuras del galante y tramposote vagabundo más adorable que pasara jamás por una pantalla.
Cansada de trabajar, de batallar con una vida que no era regalada, la piña familiar humilde e inocente, virgen de la era de la comunicación que se iniciaba, vería a Charlot como un pequeño dios del humor, como el estandarte de la pícara calamidad, con ese punto de ternura, que tan bien conectaría con los sencillos sueños de una audiencia que bastante tenía con poder contar una semana más.

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