lunes, 9 de julio de 2018

Investigaciones para vivir eternamente

e los pocos seguros que tiene la propia existencia es la futurible e insalvable mortalidad: nacer implica morir. El es ley de vida o la naturaleza es así son frases que acompañan velatorios o cierran debates sobre la finitud de la existencia. Pese al inamovible final, el hombre no ha dejado de soñar con la vida eterna, ya sea a través de ficciones o amparándose en creencias religiosas, pero siempre manteniéndose en los márgenes de la utopía o lo indemostrable. Esta vez, en cambio, el afán de inmortalidad ha empezado a germinar en terreno científico, augurando avances importantes en cuanto a esperanza de vida se refiere. Uno de los principales divulgadores de estas nuevas medidas es Jose Luis Cordeiro, docente e investigador de la Singularity University, quien afirma tajante en sus ponencias: “Yo no me pienso morir”. Y no es una excentricidad. El investigador se ampara en estudios –algunos encabezados por él mismo− y otros avances tecnológicos, que apuntan hacia el objetivo de alargar la vida indefinidamente. Es la llamada “posthumanidad”, un tiempo en el que el control de nuestro genoma nos permitirá actuar con antelación ante posibles enfermedades. Así, la medicina pasará a ser preventiva en lugar de curativa, consiguiendo frenar el envejecimiento y, a largo plazo podremos−según palabras de Cordeiro−: presenciar la muerte de la muerte.Uno de los nombres que más suena en los medios cuando se habla de estudios de inmortalidad es la Singularity University, un centro que realiza investigaciones en campos tan diversos como la biotecnología, la neurociencia o la inteligencia artificial. Califica sus programas de estudio como “agentes de cambio”, defendiendo la premisa de que la ciencia transformará la vida del ser humano. Con sede en Silicon Valley, cuenta con la financiación de Google y la NASA, lo que aumenta su prestigio pese a sus arriesgadas propuestas que corren el riesgo de ser tachadas de ciencia ficción.


Jose Luis Cordeiro es uno de sus representantes más notable, famoso por su participación en ponencias y congresos, mantiene la confianza en tan polémicas propuestas basándose en la idea de la “singularidad tecnológica”. Este concepto denota que el desarrollo científico y tecnológico no es lineal, sino exponencial. Cada nuevo invento amplía el rango de posibilidades, lo que da pie a nuevos descubrimientos que aumentan a una velocidad cada vez mayor. De modo que, en las próximas décadas, presenciaremos más avances tecnológicos que en los últimos dos siglos. De ahí que el investigador augure que la vida eterna será posible de aquí a treinta años.

Uno de los ejes clave de la inmortalidad tiene su punto de partida, paradójicamente, en el cáncer. Ocurre que la temida enfermedad es tan resistente gracias al funcionamiento especial de sus telómeros. Normalmente, una célula sana va acortándolos con cada división, hasta alcanzar el punto en que no puede volver a replicarse y, en consecuencia, muere. Las células cancerígenas, sin embargo, tienen la capacidad de multiplicarse sin que sus telómeros se vean significativamente afectados. Esto es gracias a una enzima conocida como telomerasa, que repara los telómeros durante la división, permitiendo al cáncer perpetuarse sin medida. De esta observación se deduce que el cáncer es inmortal. Bien es cierto que, en última instancia, éste termina muriendo con el cuerpo de la persona; en cambio, si es trasplantado, consigue subsistir. Es lo que ocurrió con las células cancerosas de Henrietta Lacks. Tras su muerte en 1952, a causa de un cáncer de útero, los médicos cultivaron in vitro las células de su biopsia, dando lugar a las rebautizadas células HeLa. A partir de entonces, éstas se han venido utilizando en laboratorios de todo el mundo para investigar las causas de muchas enfermedades y ensayar tratamientos para curarlas. El cultivo se mantiene hasta nuestros días, dividiéndose ilimitadamente, demostrando que estas células son inmortales pues han descubierto cómo no envejecer.

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