miércoles, 4 de julio de 2018

cuerda de presos

Sin duda el servicio más penoso y arriesgado para la Guardia Civil de la época fundacional fue el de las conducciones de presos comunes, donde se ponía a prueba en permanente actitud la capacidad humana y el singular temple de unos hombres que, ante múltiples adversidades, tuvieron que conjugar sus grandes contradicciones para el ejercicio de la caridad cristiana con los rígidos principios que les imponía tan difícil misión.


Con anterioridad a la creación de la Guardia Civil, las cuerdas de presos estaban reguladas por las ordenanzas generales de presidios de 14 de abril de 1834. Existían tres clases de establecimientos penitenciarios: depósitos correccionales, para los condenados hasta dos años de privación de libertad, presidios peninsulares, o de segunda clase, para los que debían sufrir penas entre dos y ocho años, y presidios de África, o de tercera, para los condenados a más de ocho años.

Las cuerdas de presos constituyeron para los guardias civiles, misión que pasó a ser de su exclusiva competencia, una de las servidumbres más llenas de ingratitud y dificultad, como ha quedado reflejado en gran parte de un pueblo sensiblero y bronco como el nuestro, donde ante el nada agradable espectáculo de trasladar detenidos en aquellas infrahumanas condiciones, casi nadie reparaba en sus custodios, obligados a responder de los “galeotes” hasta con la vida y empeñados en cumplir unas rigurosas órdenes en bien de la sociedad.

Tan difícil faceta del servicio peculiar está repleta de numerosos episodios, donde aparte de quedar patentizado el hondo sentimiento humanístico de la fuerza, en numerosas ocasiones a costa de su propia sangre, quedó evidenciada su esencia altamente protectora.

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