lunes, 7 de mayo de 2018

Crimen del expreso de Andalucia

Un crimen durante la dictadura de Primo de Rivera. -Matar es fácil, y morir, un mal negocio.

Hoy, a sesenta años del doble asesinato ocurrido en el tren expreso de Andalucía, entre las estaciones de Aranjuez y Alcázar de San Juan, cuando se analiza el dispositivo criminal ideado y puesto en práctica por José Mª Sánchez Navarrete, jefe de la cuadrilla autora del hecho parece como si este hombre hubiera trazado dispuesto por imperativo categórico del destino, su propia destrucción y la de sus cómplices.Madrid, viernes 11 de abril de 1924. El tren correo número 92 sale a las veinte horas y veinte minutos de la estación de Sevilla y Málaga. En el vagón estafeta, los oficiales ambulantes de correos Santos Lozano León y Ángel Ors Pérez; ambos casados, el primero padre de cinco hijos, y el segundo, de uno.

Detenido el convoy en Aranjuez, José Mª Sánchez Navarrete, ex-oficial de correos de familia acomodada, se acerca al coche postal acompañado por Antonio Teruel, hombre moreno, de treinta y tres años, antiguo croupier y vuelto a su primera ocupación de fabricante de jaulas para pájaros al haber prohibido el juego la dictadura del general Primo de Rivera, recientemente proclamada, y de Francisco Piqueras, otro ex-croupier y delincuente profesional, también hombre joven y agresivo.

Sánchez Navarrete habla con sus compañeros del vagón correo, que le permiten subir al coche con sus dos amigos. Después, nuevamente el tren en marcha, la botella con narcótico y, al decir de los asesinos, ante el fallo del tóxico, la crisis de nervios, sobre todo de Teruel, que en determinado momento se hace con las tenazas de marchamar, atacando con ellas, y por la espalda, a Santos Lozano, a quien mata del primer golpe, volviéndose luego contra Ángel Ors que lucha ferozmente en defensa de su vida, perdiéndola también.

Lo demás, también fue fácil: desvalijamiento escrupuloso de cuantos efectos de valor hay en el vagón, y descenso posterior de éste tan pronto el tren comienza a detenerse en la estación de Alcázar de San Juan. A la salida de la estación, el ambiguo José Donday espera a sus compañeros, con un taxi, para devolverlos a Madrid.En la amanecida del día siguiente, sábado día 12, la policía madrileña, ya alertada sobre la tragedia, entra en acción. La mucha experiencia del que habría de ser uno de los más populares comisarios de policía, Benito Poveda, le dicta encaminar sus pasos y los de sus colaboradores por las inmediaciones de la estación de Atocha.


Ya en las primeras horas de la mañana sabatina, el suceso del expreso de Andalucía se ha difundido singularmente por todo Madrid. La noticia ha causado, desde el primer momento, una extraordinaria expectación. Será la bomba informativa del día y de muchos días más, y el comentario y la comidilla en todo momento y lugar. E idéntica conmoción que en la capital de España se produce en toda la geografía ibérica.



Difundido desde el primer instante el dato de que el dinero robado de los sobres del coche correo ha de presentar en los billetes las clásicas perforaciones que hace el servicio, pronto comparece ante la policía Miguel Pedrero que, en síntesis, declarará:

«Estaba yo, a primeras horas de la noche del pasado viernes, de punto en la estación de Atocha cuando se me acercó un tío joven, bien portado y con aire así, vamos de los de la otra acera, para preguntarme si le podía llevar inmediatamente a la estación de Aranjuez. Le dije que sí y para allá que tiramos; luego, en Aranjuez, mi cliente me pidió que siguiéramos hasta Alcázar de San Juan. Llegados a la estación de este pueblo, recogimos en ella a los tres amigos que, por lo visto, el hombrín iba buscando, para en seguida tirar hacia Madrid, adonde llegamos casi amaneciendo. No, no creo que pudiera identificar a los tres tipos que recogimos en Alcázar, pero seguro que al que me alquiló en Atocha, sí. Por cierto, que el viaje importó 210 pesetas, dándome, además, 90 de propina: esos tres billetes de cien con pinchacitos en medio que ahí tienen ustedes. Y en cuanto a lo tocante de la larga propina, no me extrañó mucho porque parecían gente de tronío.»

La indagatoria callejera de la policía daría pronto buenos resultados; el churrero que en la madrugada del sábado sirviera a los cuatro hombres, «uno con señales de haber recibido en la jeta más tortas que churros se iba a comer el grupo», identificó a éste como «alguien del barrio», viviendo posiblemente en la misma Toledo, donde el industrial tenía instalado su modesto negocio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario