viernes, 30 de marzo de 2018

Rotterdam

En 1944, cuando la ciudad todavía estaba bajo la ocupación alemana, el industrialista Cees van der Leeuw convocó otra junta, esta vez relativamente secreta, en el salón de té de su fábrica Van Nelle, donde se producía café, té y tabaco.

Había sido la primera obra maestra arquitectónica moderna de la ciudad (Le Corbusier la llamó "el espectáculo más hermoso de la era moderna") y estaba lo suficientemente lejos del centro como para no haber sido afectada por la guerra. Era una oportunidad, dijo van der Leeuw."Estos capitanes de la industria pensaron que era mejor tener más flexibilidad que Witteveen", le dice a la BBC la historiadora arquitectónica de Rotterdam Michelle Provoost, señalando que esta modernización había comenzado en la cuidad incluso antes de la guerra, con edificios como Café Unie (destruido y reconstruido).
Witteveen no era lo suficientemente moderno para los hombres de negocios o los ocupantes alemanes, a quienes les gustaba la idea de una pizarra en blanco para construir una nueva ciudad inspirada en el Reich (que nunca llegó a despegar).Normalmente, cuando viajo selecciono los hoteles en función de su ubicación, historia o instalaciones. En Rotterdam, los elijo por su arquitectura.
En mi primer viaje, hace un par de años, me quedé en Citizen M, una cadena europea de alto diseño y escasos servicios. Parecía algo entre un almacén, una escuela primaria de los 70 y una silla ottoman "Mies".
Esta vez, dormí la primera noche en el Marriott, en la torre Millennium (WZMH, 2000), un guiño tardío a la posmodernidad, al lado de la estación de Rotterdam.
Y la segunda en el alojamiento más novedoso, un hotel de una habitación llamado el Wikkelboat.
Esta casa flotante, amarrada a un puerto deportivo, está hecha por 24 capas de cartón reciclado, con una cubierta y espacio para barbacoas.
Sobre él se alzaThe Red Apple (KCAP, 2009) —la manzana roja, en español— un rascacielos hecho de aluminio anodizado que se enrojece de manera natural con el paso del tiempo.
Rotterdam ama sus edificios como Santa Mónica sus playas. Es como la Disneylandia de los amantes de la arquitectura.
Pero puede ser incluso más divertido para quienes no solemos prestar tanta atención a los edificios en los que trabajamos, nos divertimos y vivimos... y volvemos a casa preguntándonos por qué nuestras ciudades no pueden ser un poco más como Rotterdam.

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