lunes, 19 de febrero de 2018

Libros prohíbidos por la Iglesia

En este país, durante la aciaga dictadura franquista, el sexo y la política concentraron los esfuerzos de los censores, oficio que desempeñaron conocidos escritores, como Camilo José Cela. Curiosamente, La colmena, del Nobel gallego se publicó en 1953 en Buenos Aires y en España tuvo que aguardar una década, porque los censores no toleraban algunas alusiones al sexo. El censor sufría así en sus propias carnes el yugo de la censura.
Manuel L. Abellán, en su libro Censura y práctica censoria, cita entre los censores al periodista Emilio Romero, los leoneses Valentín García Yebra y Leopoldo Panero, así como los escritores Fernando Tovar, Gonzalo Torrente Ballester, Luis Rosales, Dionisio Ridruego...
El afán fiscalizador de la censura y la falta de rigor de los ‘torquemadas’ franquistas provocó situaciones auténticamente surrealistas. Libros vetados en Cataluña no lo estaban, por ejemplo, en León. El Servicio de Ordenación Editorial, título rimbombante y eufemístico para encubrir su verdadero cometido (la censura), tenía por misión eliminar todo lo que no convenía al régimen.
En el cine los censores mutilaban sin piedad y preferían provocar un incesto en Mogambo, convirtiendo al matrimonio protagonista en hermanos, antes que tolerar un adulterio. Escribe Abellán que los censores «suprimirían alegremente versos de la Marcha triunfal de Rubén Darío, citas de Juan del Encina, Lope, Quevedo y Feijoo».

El Comité Central del Partido Comunista escribió en un folleto de 48 páginas publicado en Francia en abril de 1954: «Nada escapó a la vesanía del Santo Oficio franquista. Y en su ‘índice de libros prohibidos’ se incluyen las obras maestras de la literatura y del pensamiento científico español y universal, desde el siglo XV a nuestros días. Huarte y Vives, Larra y Espronceda, Galdós y Valle Inclán, Jovellanos y Floridablanca, Machado y Blasco Ibáñez y tantos otros artífices que habían expresado en su obra el amor al hombre, ensalzando el progreso y la cultura, cantando las gestas del pueblo frente al invasor extranjero, fustigando a la reacción o difundiendo entre el pueblo las ideas democráticas, republicanas y socialistas, fueron puestos fuera de la ley y secuestradas sus obras de las bibliotecas públicas, mientras aquellos librepensadores que las pusieron a resguardo en su casa, arriesgan en este simple acto de rebeldía la libertad y en no pocos casos la vida».
Si no fuera porque la censura ha ‘mutilado’ a decenas de generaciones, que no pudieron elegir libremente sus lecturas, al tiempo que cercenó las carreras literarias de brillantes escritores, resultaría puro sainete. Las motivaciones para vetar algunos textos han sido auténticamente esperpénticas. Jardiel Poncela, uno de los escritores más divertidos y no suficientemente reconocido, tuvo varios percances con la censura. Pese a ser un hombre de derechas, el triunfo del franquismo lo convirtió en un ‘apestado’. Novelas como La tournée de Dios fueron consideradas blasfemas o pornográficas, en el caso de Pero ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?. Lo verdaderamente trágico es que la censura no desaparecerá mientras la auténtica libertad siga siendo una utopía...

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