miércoles, 24 de mayo de 2017

Roger Moore

El británico fue, a la vez, el actor que asumió y dejó el papel del espía en edad más avanzada: debutó en el rol con 45 años y colgó traje y pistolas con 57, cuando, tal como admitió, las chicas Bond con las que mantenía romances en las películas podían ser sus hijas, o incluso nietas: "Básicamente, era 400 años demasiado viejo para el papel". De hecho, se planteó dejarlo ya cuatro años antes, en 1981, tras Solo para sus ojosy su última aparición en la piel del personaje, en Panorama para matar, le horrorizó. Aun así, el guion de la siguiente entrega, Alta tensión, se escribió pensando en él, y fue amoldado a toda prisa a Dalton.
Quizás fuera también el 007 que más puros fumó: su contrato le proporcionaba una dotación ilimitada de habanos Montecristo, tanto que la leyenda asegura que la cuenta salió por miles y miles de libras. Dejaba que sus dobles interpretaran todas las secuencias de acción —"¡estaría físicamente muerto tras la primera toma!"— e incluso las carreras, ya que consideraba que él corría de forma "rara". Odiaba más aún usar las armas de fuego, debido a un trauma de su adolescencia: su hermano le disparó en una pierna con un fusil. Su carrera le obligó a superar esa pesadilla, aunque sus nervios en las secuencias con pistolas desesperaron a más de un director y obligaron a repetir una infinidad de tomas, según la web Imdb. Sus gustos en los cócteles y coches también le distinguen de los demás Bond: en siete películas nunca pidió "un martini con vodka agitado, no mezclado" ni condujo un Aston Martin.
Cuando asumió el papel, eso sí, ya era la opción más obvia y popular. Se lo debía, en buena parte, a El Santo, la serie que le lanzó al estrellato: durante siete años (1962-1969) recorrió el mundo a bordo de su Volvo blanco en la piel del aventurero Simon Templar; cambiaban los secundarios casi en cada capítulo y se mantenían dos constantes: Moore y el tirón del telefilme. Los persuasores, en la que interpretaba a Lord Brett Sinclair, un millonario que trataba de arreglar el mundo junto con el personaje de Tony Curtis, también contribuyó a colocarle en la primera fila de los aspirantes al papel de Bond. Aunque Moore añadió otra explicación: “Noël Coward [dramaturgo e intérprete] se me acercó y me dijo: ‘Joven, con tu atractivo y tu desastrosa falta de talento, deberías coger cualquier trabajo que te propongan. Y si te ofrecen dos al mismo tiempo, acepta el que te de más dinero’. Y aquí estoy”.

Más allá de sus papeles más conocidos, el currículo cinematográfico de Moore cuenta con más de 50 filmes y apariciones televisivas, desde aquel centurión que interpretó en César y Cleopatra (1945). Encarnó incluso a Sherlock Holmes, en una película para la pantalla pequeña de 1976; sin embargo, su rol preferido fue uno real: ser embajador de UNICEF. Se llevó hasta un Oscar, y sin haber sido nominado siquiera: entregaba el premio al mejor actor en 1973, año en que el ganador, Marlon Brando, nunca apareció y envió a la actriz de origen indio Sacheen Littlefeather a rechazar el galardón. Así que la estatuilla quedó en manos, y luego en casa, de Moore. Sí fue candidato una vez a los antiOscar, los Razzies: justo el mismo año que Connery, en 1998. Ambos perdieron.
Antes de Templar, o de ponerse el traje de Bond, Moore buscó un trampolín en Hollywood, adonde acudió a principios de los cincuenta: logró un contrato con Metro-Goldwyn-Mayer, pero acabó regresando a Reino Unido sin haber dado el salto que esperaba. "No eres una estrella hasta que no sepan pronunciar tu nombre en Vladivostok", declaró hace años. A la sazón, probablemente, en la ciudad rusa, más de uno ya sabía decir "Roger Moore". 

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