domingo, 7 de mayo de 2017

El general Vlasov

eniendo en cuenta el hecho de que he llamado a todos los rusos a la lucha contra Stalin y los suyos, y haber propuesto la creación de una nueva Rusia, sin bolcheviques y sin capitalistas, considero mi deber dar, a este respecto, una explicación que justifique mi proceder.

                     En primer lugar, he de llamar la atención sobre el hecho de que la dominación soviética no me ha hecho a mí, personalmente, ninguna injusticia.

                  Nací en la provincia de Nijni Novgorod, como hijo de un campesino, quien, a pesar de no ser rico, procuró que yo obtuviese una buena educación escolar. Participé de la revolución del pueblo ruso. Entré en las filas del Ejército Rojo para luchar por las tierras de los campesinos rusos, proporcionar a los obreros una vida mejor y coadyuvar a ofrecer a todo el pueblo ruso un futuro mejor.

                     Desde aquel momento, mi vida aparece íntimamente ligada al Ejército Rojo. Sin interrupción, he servido durante 24 años al Ejército Rojo. Desde sencillo soldado, me ha conducido mi carrera de soldado hasta comandante de un ejército y representante del comandante supremo de un grupo de ejércitos. He sido comandante de una compañía, de un batallón, de un regimiento, y también he sido comandante de una división y general jefe de un Cuerpo de ejército. He sido distinguido con la “Orden de Lenin”, con la “Orden de la Bandera Roja” y con la medalla conmemorativa “Veinte años del Ejército Rojo”. Desde 1930 soy miembro del Partido bolchevique.

                He declarado la lucha al bolchevismo y llamo a participar en ella a todo el pueblo ruso.

              ¿Por qué?  Esta pregunta se la hará todo aquel que lea mi llamamiento y a esta pregunta quiero dar una respuesta sincera.

                 Durante los años de la guerra civil luché en las filas del Ejército Rojo en la creencia de que la revolución proporcionaría al pueblo ruso terrenos de cultivo, libertad y felicidad.

               Como oficial del Ejército Rojo he luchado al frente de los soldados y de los oficiales, entre los obreros, campesinos y miembros de las profesiones liberales que llevaban el capote gris de los soldados. Sabía cuáles eran sus pensamientos y opiniones, sus preocupaciones y sus necesidades. Tampoco perdí el contacto con los míos, con mi pueblo natal y sabía como vivía el campesino.

                          Y reconocí entonces que nada de aquello por lo cual había luchado el pueblo ruso durante la guerra civil había sido cumplido con la victoria del bolchevismo.

               La vida del campesino ruso continuaba siendo muy dura. Vi como obligaban a los campesinos a ingresar en los koljhozes, como eran eliminados millones de rusos, detenidos sin ninguna clase de investigación jurídica y condenados sin juicio. 
                     Vi cómo se pisoteaba todo lo auténticamente ruso, cómo individuos ajenos a nuestro modo de sentir ocupaban los cargos dirigentes en el país y en el Ejército Rojo, individuos que en modo alguno comprendían ni se interesaban por las necesidades del pueblo ruso.

                           Los comisarios políticos desarticularon el Ejército Rojo. La irresponsabilidad y la constante vigilancia a que estaban sometidos, convirtieron a los oficiales en un balón de juego en manos de los funcionarios civiles o uniformados del Partido.

                     Durante los años 1938-1939, ejercí las funciones de consejero militar de Chiang Kai Shek en China. Cuando regresé a la Unión Soviética, me enteré de que durante este tiempo, habían sido eliminados, por orden expresa de Stalin, los más altos jefes del Ejército Rojo. Miles de los mejores oficiales, incluso mariscales, habían sido detenidos y fusilados o internados en campos de concentración, desapareciendo para siempre.

               El terror no sólo se apoderó del Ejército sino que extendió sus garras y sus graves consecuencias al pueblo ruso. No existía familia que no lamentara la muerte o desaparición de uno de los suyos. El Ejército fue debilitado y el atemorizado pueblo contemplaba lleno de horror el futuro. Todos temían la guerra que, sin duda alguna, Stalin estaba preparando.

                 Al comprender los penosos sacrificios que el pueblo ruso se vería a hacer en el caso de una guerra, hice todo lo que estuvo en mis manos para preparar al Ejército Rojo para esta lucha. La 99 división de la cual yo era el comandante en jefe, era conocida como la mejor división del Ejército Rojo; durante el trabajo y la constante preocupación por las unidades militares confiadas a mi mando, traté de acallar mi indignación por la acción de Stalin y los suyos.

                Estalló la guerra. Yo me encontraba al mando del 4to Cuerpo de Ejercito motorizado. Como soldado e hijo de mi patria hice cuanto me fue posible para cumplir honradamente con mi deber. Mi Cuerpo de Ejército rechazó, cerca de Przemyls y Lemberg los primeros embates del enemigo e iba a emprender el ataque por nuestro lado cuando mis proposiciones fueron rechazadas. La indecisión y las contínuas preocupaciones de índole política de los comisarios hundieron al Ejército Rojo en una serie de terribles descalabros.

                     Conduje mis fuerzas a Kiev. Allí pasé a ocupar el mando del 37 Ejército y el difícil cargo de comandante de la guarnición de Kiev. Reconocí que sufríamos derrotas en esta guerra por dos causas: En primer lugar, el pueblo ruso no se mostraba inclinado a defender la dominación soviética y el poder de la fuerza creado por el mismo, y, en segundo lugar, cabe añadir la dirección irresponsable del Ejército y la continua interferencia de los grandes y pequeños comisarios en sus actividades como jefes militares.

                          En condiciones sumamente difíciles actuó mi Ejército en la defensa de Kiev y rechazó durante dos meses los ataques que el enemigo dirigía contra la capital de Ucrania. Pero los medios insufucuentes de que disponía el Ejército Rojo pronto se hicieron notar. El frente fue roto en el sector que defendía el Ejército vecino. Kiev fue cercada. Siguiendo órdenes del alto mando, abandoné la línea fortificada del frente.

                            Después de haber logrado escapar del cerco, fui destinado como representante del comandante supremo al sector sudoeste del frente y, poco más tarde, fui nombrado Comandante en Jefe del 20 Ejército. La creación del 20 Ejército se hizo en las condiciones más difíciles de imaginar, puesto que al mismo tiempo se decidía el destino de Moscú.

                                    Hice todo cuanto estuvo en mi poder para defender la capital. El 20 Ejército logró detener el ataque contra Moscú y pasó incluso al contraataque. Rompió el frente alemán y reconquistó Tsolnketschnogorsk, Volokolamsk, Shashovskaya, Tsereda y otras localidades lo que posibilitó que las fuerzas soviéticas pasaran igualmente al ataque en los demás sectores del frente de Moscú.

                                  Durante los días de las batallas decisivas por Moscú, comprendí que la patria prestaba toda la ayuda que le era posible al frente, al igual que los soldados, los obreros y todos los demás ciudadanos. Por su patria soportaban innumerables sacrificios. Pero a menudo se me planteaba la cuestión:
                    ¿Defiendo en realidad a la Patria, mando a esos miles de hombres a la muerte para defender la Patria?
                        ¿No se vierte acaso la sangre del pueblo ruso por el bolchevismo que se oculta bajo el sagrado nombre de la Patria?

                           Fui nombrado Comandante en Jefe del Grupo del Volkhov, al mismo tiempo que también del 2do Ejército de Choque. Tal vez en ninguna otra ocasión se demostró el desprecio de Stalin frente a la vida de los hombres rusos. La dirección del Ejército estaba centralizada en las manos del Alto Mando. Nadie, empero, estaba informado de la verdadera situación del mismo. Y, en realidad, ésta no interesaba a nadie. Una orden se contradecía con la otra. El Ejército estaba condenado al exterminio.
Los soldados y oficiales recibían un suministro de 50 a 100 gramos de pan al día. Estaban hambrientos y agotados, apenas podían avanzar por los pantanos donde habían sido dirigidos por los jefes del Alto Mando.

                                      Pero los hombres continuaron su lucha, haciendo caso omiso de sus propios sufrimientos. Los soldados rusos morían como hombres. Pero ¿Por qué? ¿Por qué causa sacrificaban sus vidas? ¿Por qué causa morían?

                                Hasta el último momento permanecí al lado de los soldados y oficiales de mi Ejército. Sólo que quedamos unos pocos y cumplimos con nuestro deber de soldados hasta el último instante. Logré escapar al cerco enemigo y durante más de un mes me oculté en los bosques y pantanos. 

                                Durante este tiempo se me planteó con toda claridad la pregunta: ¿Debe la sangre del pueblo ruso continuar siendo vertida? ¿Está en el interés del pueblo ruso continuar con esta guerra?... ¿Porqué lucha y muere el pueblo ruso?

                                          Había reconocido claramente que el pueblo ruso había sido lanzado a la lucha por el bolchevismo para defender los intereses de las potencias extranjeras, de los capitales angloamericanos. Inglaterra siempre había sido un enemigo del pueblo ruso, siempre se ha esforzado en debilitar a nuestro país. Pero al servicio de los intereses angloamericanos, vio Stalin la posibilidad de realizar sus planes de dominación universal y, para poder llevar a cabo los mismos, ligó el destino del pueblo ruso al futuro de Inglaterra. Lanzó al pueblo ruso a la guerra y lo hundió en la desgracia; las miserias de esta guerra son el punto culminante de la desgracia que nuestro pueblo ha sufrido durante 25 años bajo la dominación de los bolcheviques.

                             ¿No era, pues, teniendo en cuenta estas circunstancias un verdadero crimen continuar la lucha?  ¿No eran el bolchevismo y Stalin los enemigos principales del pueblo ruso?  ¿No era acaso el primer y más alto deber de todo ruso honrado iniciar la lucha contra Stalin y los suyos?

                                   Allí, en los bosques y pantanos llegué a la conclusión de que mi deber era llamar al pueblo ruso a la lucha, a aniquilar el bolchevismo, a combatir por la paz del pueblo ruso y terminar lo antes posible esta guerra que el pueblo ruso lleva para defender los intereses de los demás y para crear una nueva Rusia en la que todos los rusos puedan llevar una vida más digna y más feliz.

                           Había llegado al firme convencimiento de que los deberes con los cuales tenía que cumplir el pueblo ruso podían ser resueltos favorablemente en una alianza y una colaboración amistosa con Alemania. 

                             Las necesidades y aspiraciones del pueblo ruso se complementan con las de los alemanes, sí, incluso con las de todos los pueblos europeos. Los periodos más felices del pueblo ruso son aquellos en que su historia estuvo íntimamente ligada con la suerte de Europa. El bolchevismo separó al pueblo ruso mediante una muralla infranqueable de los restantes pueblos de Europa. Quería aislar a nuestra Patria de los países de Europa. En nombre de unas ideas utópicas y ajenas por completo l sentir del pueblo ruso, preparó esta guerra enfrentándose con la comunidad de los pueblos europeos.


                            En unión con el pueblo alemán, el pueblo ruso derribará esta muralla de odio y de la desconfianza. En la unión y en la colaboración con Alemania crearemos una nueva patria feliz que será admitida en el círculo de los pueblos libres de Europa.

                                Embargado por este pensamiento, cada vez más firme en mi decisión, fui cogido prisionero al lanzarme de nuevo a la lucha con un puñado de fieles amigos.

                                  He pasado más de medio año en los campos de prisioneros de guerra. Como prisionero y detrás de las alambradas, sin embargo, en ningún momento se ha debilitado mi decisión; al contrario, ésta se ha afirmado cada vez más.

                                No es posible volver atrás la rueda de la historia. No invito a mi pueblo a regresar al pasado. No. Lo llamo para iniciar la marcha hacia un futuro luminoso, a la lucha para completar la revolución, a la creación de una nueva Rusia, la Patria de nuestro Pueblo. La invito a ingresar en la comunidad de los pueblos europeos, sobre todo, sin embargo, a la colaboración y la eterna amistad con el gran pueblo alemán.

                                        Mi llamamiento no sólo ha encontrado un eco muy amplio entre la masa de prisioneros de guerra sino también entre la población civil rusa de las regiones en las cuales reina todavía el bolchevismo. El eco de la comprensión que he encontrado por parte del pueblo ruso, que se ha mostrado inmediatamente dispuesto a luchar bravamente bajo la bandera del Ejército de Liberación, me concede el derecho para afirmar que me encuentro en el camino acertado, en el camino de la verdad, que la causa por la que lucho, es la verdadera causa del pueblo ruso.

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