viernes, 5 de mayo de 2017

Cuentos de Shakespeare

Durante el reinado de Duncan el Dócil, vivía en Escocia un jefe de clan o barón llamado Macbeth. Este tal Macbeth era pariente cercano del rey y un personaje muy estimado en la corte por su valor y su comportamiento en las guerras; precisamente acababa de dar muestras de ello al derrotar a un ejército rebelde reforzado con gran número de tropas noruegas.
Los dos generales escoceses, Macbeth y Banquo, volvían victoriosos de la gran batalla y pasaban por un páramo azotado por la tormenta cuando los detuvo la extraña presencia de tres figuras semejantes a mujeres, aunque por el hecho de llevar barba y tener la tez curtida y la vestimenta descuidada no parecían criaturas de esta tierra. Macbeth fue el primero en dirigirse a dichas figuras, pero ellas, aparentemente ofendidas, les ordenaron guardar silencio, llevándose los dedos temblorosos a los labios cuarteados; acto seguido, la primera saludó a Macbeth, nombrándolo con el título de barón de Glamis. Mucho se asombró el general al descubrir que resultaba conocido a tales criaturas; pero mayor fue su asombro cuando la segunda lo saludó dándole el título de barón de Cawdor, un honor al que no tenía derecho; y la tercera lo saludó con estas palabras: «¡Salve, Macbeth, que en el futuro serás rey!». Un saludo tan profético le chocó, por cuanto sabía perfectamente que no tenía esperanza alguna de acceder al trono mientras vivieran los hijos del rey. Luego, volviéndose hacia Banquo, las figuras declararon, con enigmáticas palabras, que era «menos grande que Macbeth y más grande, no tan feliz, pero mucho más feliz». Y le presagiaron que, si bien él nunca llegaría a reinar, sus hijos serían reyes de Escocia. Acto seguido, se convirtieron en aire y desaparecieron. Así pues, los generales tomaron conciencia de que se trataba de brujas o seres sobrenaturales.
Mientras permanecían en el lugar, pensando en la extraña aventura, llegaron unos mensajeros del rey dotados de los poderes necesarios para conferir a Macbeth el título de barón de Cawdor. El hecho se correspondía de forma tan milagrosa con las predicciones de las brujas que Macbeth, asombrado, se quedó de una pieza, incapaz de responder a los mensajeros. En ese momento, su mente empezó a abrigar la esperanza de que el presagio de la tercera bruja también se cumpliera y que, por tanto, algún día llegara a ser rey de Escocia.
Volviéndose hacia Banquo, dijo:
—¿No tienes la esperanza de que tus hijos sean reyes, ahora que una de las promesas que me hicieron las brujas se ha hecho realidad de manera tan milagrosa?
—Esa esperanza —respondió el general— podría impulsarte a aspirar al trono. Sin embargo, los agentes de las tinieblas nos dicen la verdad en cosas pequeñas para traicionarnos e inducirnos a actos de consecuencias terribles.
Las pérfidas sugerencias de las brujas calaron, no obstante, en la mente de Macbeth, de tal modo que no prestó atención a las advertencias del bueno de Banquo. A partir de ese momento, todos sus pensamientos se centraron en la conquista del trono de Escocia.
Macbeth tenía una esposa a la cual comunicó la extraña predicción de las brujas y su cumplimiento parcial. Era ella una mujer malvada y ambiciosa y no le importaban los medios para conseguir poder para ella y su esposo. Incitó a alcanzar el objetivo al reacio Macbeth, el cual pensaba en la sangre y sentía escrúpulos, y no cesó de describir el asesinato del rey como un paso imprescindible para que se cumpliera tan halagadora profecía.
Ocurrió por esas fechas que el rey, quien en virtud de su real cargo visitaba con frecuencia y cordialidad a los principales nobles de su reino, fue al castillo de Macbeth acompañado de sus dos hijos, Malcolm y Donalbain, y de un gran séquito de barones y servidores, para mostrarle su agradecimiento por los éxitos y triunfos cosechados en las guerras.
El castillo de Macbeth estaba situado en lugar ameno y el aire que lo rodeaba era suave y apacible, como lo demostraban los nidos construidos por los vencejos o las golondrinas bajo las cornisas y los contrafuertes del edificio; pues donde más habitan y se multiplican estas aves, más es el aire delicado. El rey entró encantado en el palacio y más lo estuvo cuando recibió las atenciones y el respeto de su anfitriona, lady Macbeth, poseedora del arte de esconder tras sonrisas los propósitos traicioneros; podía parecer una cándida flor, bajo la cual se ocultaba, sin embargo, la serpiente.
El rey, agotado por el viaje, se retiró pronto a su aposento. Como era costumbre, dos ayudas de cámara dormían a su lado en el cuarto. Particularmente encantado con la recepción, había hecho regalos a sus principales oficiales; además, regaló un precioso diamante a lady Macbeth y la llamó su más amable anfitriona.
Era plena noche, cuando la mitad de la naturaleza parece muerta, pérfidos sueños invaden las mentes de los hombres y solo el lobo y el asesino permanecen despiertos. Lady Macbeth aprovechó el momento para urdir la trama con el fin de asesinar al rey. No habría cometido un crimen tan execrable para su sexo de no haber sido porque temía el carácter de su esposo, demasiado lleno de la leche de la amabilidad humana para perpetrar el asesinato planeado. Lo sabía ambicioso, pero también lleno de escrúpulos y carente de la preparación necesaria para cometer ese crimen supremo que, en última instancia, suele acompañar a la ambición desmesurada. Ella lo había inducido a aprobar el asesinato, pero dudaba de su resolución; y temía que la ternura natural de su personalidad (más humana que la suya) se interpusiera y frustrara el propósito. Así pues, se acercó a la cama del rey armada con un puñal; antes, ya se había encargado de emborrachar con vino a los ayudas de cámara que, olvidando su cometido, dormían intoxicados. Duncan, por su parte, dormía a pierna suelta, y cuando ella lo miró de cerca, vio en su cara unos rasgos que parecían los de su propio padre; de tal modo que ya no tuvo el valor de seguir adelante.

Volvió a hablar con su marido. La resolución de este había empezado a tambalearse. A su juicio, había importantes razones que desaconsejaban el crimen. En primer lugar, no solo era un súbdito, sino también un pariente cercano del rey; y era ese día su anfitrión, cuyo deber consistía, según las leyes de la hospitalidad, en cerrar las puertas a los asesinos y en no empuñar la daga contra su huésped. Luego pensó cuán justo y clemente había sido Duncan como rey, cuán libre de actitudes ofensivas contra sus súbditos, cuán afectuoso con la nobleza y sobre todo con él; y consideró que reyes como este representan una protección especial del cielo y que sus súbditos están doblemente obligados a vengar su muerte. Además, debido a los favores del rey, Macbeth era muy estimado por toda clase de personas, ¡y cómo quedaría manchada esa reputación por un asesinato tan vil!

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