domingo, 23 de abril de 2017

Agua

Según un informe de la OMS, el denominado GLASS 2014, 748 millones de personas no tienen acceso a agua potable de forma sostenida en el mundo y unos 1.800 millones usan agua contaminada con heces. Seguimos para bingo: 2.500 millones no tienen acceso a un saneamiento en condiciones y 1.000 millones hacen sus necesidades al aire libre en las áreas rurales, 9 de cada 10.

Cuando uno lee estos datos puede pensar dos cosas: la primera, y más habitual, es que las cifras parezcan, lo son, tan apabullantes y fuera de control que nos parezca una realidad ajena a nuestro mundo, o un mundo diferente, algo que nos sobrepasa y frente a lo que no podemos hacer nada, con lo cual lo olvidamos en 5 minutos, quizás menos. No deja de ser una actitud de lo más humana, el instinto de supervivencia que sale a flote, cada uno mira por su culo, el egoismo innato de todos los humanos, desde que el hombre va sobre dos patas e incluso cuando reptábamos por el suelo y éramos medio hombres, no es que hayamos avanzado mucho pero vaya… El egoismo es algo genético, no se puede luchar contra ello, aunque hay quien lo lleva mejor y quien lo lleva peor, de eso no cabe duda tampoco. La otra postura frente a estas cifras es implicarse en una campaña para cambiar y minorar esos problemas estructurales de los países pobres. Seamos realistas, eso está al alcance de unos pocos que tienen medios y tiempo, que se dedican a ello en exclusividad, los demás podemos aportar nuestro granito de arena con donativos o haciendo divulgación de esa lacerante realidad.


Uno tiene la sensación de que la pobreza existe también desde que el hombre es hombre, y así es en verdad. La única diferencia es que quizás ahora, en el mundo occidental, somos un poco más conscientes del nivel de miseria, enfermedad y hambre que atenaza a ciertas partes del planeta. Somos más conscientes de ello, aunque nuestro inconsciente, para dejarnos vivir, nos lleva a olvidarlo sin darnos cuenta.

Cuando abrimos el grifo de nuestro baño y sale agua inmediatamente no caemos en la cuenta de lo privilegiados que somos. El acceso a agua potable y saneamiento adecuado es fundamental para la higiene y la salud, tiene implicaciones en la mortalidad infantil, la salud materna, la propagación de enfermedades infecciosas, el medio ambiente y, qué coño, la dignidad de una persona, eso de poder asearse como es debido y sentirse limpio. Según el mismo estudio, en los últimos 20 años 2.300 millones de personas pudieron acceder a fuentes de agua mejoradas. Son logros innegables, pero queda tanto por hacer... El número de muertes infantiles por enfermedades diarreicas se redujo  también de 1.5 millones en 1990 a 600.000 en 2012. Es decir, hace dos años todavía morían más de medio millón de niños por enfermedades relacionados con el agua y el saneamiento. Es innegable que todavía queda un largo camino por delante.

Además, y buscando el inevitable lado mercantilista de este asunto, la mejora en el servicio del agua supone un ahorro en gasto sanitario derivado de todo lo antes referido, se aumenta la productividad en el trabajo al disminuir las bajas laborales y se genera una industria relacionada con el abastecimiento del agua. Es decir, desde la óptica del dólar por el dólar, el beneficio neto es claro y cristalino como el agua misma. Por qué no se invierte entonces más en este tipo de proyectos? Pues muy posiblemente porque existan otros más rentables o con menos riesgos, y ya se sabe que el capital es la ramera más antigua del mundo. La iniciativa privada poco va a hacer en este terreno y deben ser los gobiernos, los organismos multilaterales y las organizaciones sin ánimo de lucro los que tiren del carro.

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