lunes, 27 de marzo de 2017

Los Santos Inocentes



1984 España 103. director: Mario Camus. Guión: Camus. Música: Antonio García Abril.  Productora: Ganesh. Fotografía: Hans Burnmann. Reparto: Alfredo Landa, Francisco Rabal, Juan Diego, Terele Pávez, Belen Ballesteros, Juan Sánchez Agata, Agata Lys, Agustín González, Manuel Zarzo, Mary Carrillo, José Guardiola.
Sinopsis: España franquista. Durante la década de los sesenta, una familia de campesinos vive miserablemente en un cortijo extremeño bajo la férula del terrateniente. Su vida es renuncia, sacrificio y y obediencia. Su destino está marcado, a no ser que algún acontecimiento imprevisto les permita romper sus cadenas. Adaptación de la novela homónima de Miguel Delibes. 


El más sabio de esta amarga, muy amarga historia de caciques y siervos es un disminuido psíquico llamado Azarías. Corto de entendederas según el canon de esta injusta y arrogante sociedad, pero en realidad es más listo que la mayoría. Lo es porque tiene la fortuna de comprender lo justo para ser completamente feliz en la tierra que pisa, siendo libre, sin añorar una vida más elevada. Lo es porque desdeña la compañía y la amistad humanas (exceptuando a su familia) para entregarse a su culto a la Naturaleza. Un culto cuya oración es su grito de llamada a su Milana, el pájaro al que quiere como no quiere a ninguna persona. A ninguna menos “La niña chica”, su sobrina que, como él, más incluso que él, es una inocente que ignora o está por encima de las maldades de un sistema repugnante de amos y perros. Benditos ellos, Azarías y “La niña chica”, que no tragan quina cada hora de su vida ni además lo aceptan como lo normal ni humillan la cabeza ante ningún señorito. Los dos sencillos personajes pueblan sus pequeños mundos en los que las miserias son otras, las del padecimiento de la enfermedad o la preocupación por la Milana, para que crezca sana y se convierta en un ave adulta soberbia.

Casi dan envidia. Porque, si observamos a sus parientes, que no son retardados mentales ni padecen males congénitos, para ellos sería preferible tener el cerebro limitado de Azarías o de la niña. Tratados por sus superiores en la jerarquía como perdigueros de caza o autómatas del servicio, como títeres que hablan y que hasta poseen nociones de lectoescritura como si fuera por obra y gracia de sus abnegados dueños. Éstos les niegan la asistencia a la escuela porque los siervos no deben adquirir oportunidades de instruirse y prosperar. Ya se sabe que la chusma debe quedarse en la ignorancia, porque en cuanto empieza a educarse, a leer y a pensar, se vuelve rebelde y no admite que la sociedad es inmutable, unos debajo y otros arriba. Aunque, si los perros son avispados y aprenden habilidades como la alfabetización con el tesón de atesorar conocimientos, entonces son exhibidos orgullosamente como monos de feria, para demostrar a los extranjeros que vienen de visita al cortijo que España es un país avanzado y moderno, que el analfabetismo ya es leyenda y que los señores han hecho mucho por la nación amaestrando y dando educación a los plebeyos.
Paco, Régula y los otros peones maduros del cortijo dicen a todo “Sí, señorito, a mandar que para eso estamos”, con ese servilismo lastimoso de los que se han resignado a lo que han conocido y masticado con la tierra donde se dejan el pellejo. Otro cantar viene con la nueva generación, la de los mozalbetes como Quirce y Nieves, quienes obedecen como buenos hijos pero no besan las manos de ningún señorón con ínfulas de rey.

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