martes, 14 de marzo de 2017

Ben Jhonson

El 24 de septiembre de 1988 se disputó la carrera de todas las carreras. Nunca semejante plantel de velocistas se había citado sobre una pista para disputarse la corona en la competición deportiva más importante del planeta, pero sobre todo se escenificaba el choque de sables entre Carl Lewis, antiguo rey de la velocidad olímpica, por entonces la mayor estrella en la historia del atletismo, y Ben Johnson, el incómodo aspirante que llevaba dos años asediando su trono y que de hecho ya se había convertido oficialmente en el hombre más rápido sobre la faz de la Tierra. 

Era con mucha diferencia el momento más esperado de los Juegos Olímpicos de 1988 y no decepcionó. Al contrario, sucedieron cosas que antes hubiesen resultado impensables. Por ejemplo, que el estadounidense Calvin Smith, antiguo plusmarquista mundial, cruzase la meta marcando 9,99 segundos en el reloj pero tuviese que conformarse con la cuarta plaza, cuando cuatro años antes hubiese obtenido la medalla de oro con ese mismo registro. Todavía más: era la primera vez en la historia del atletismo que un velocista bajaba de los diez segundos y no conseguía siquiera subir al podio. Pero lo más relevante de aquel 24 de septiembre fue que Carl quedase definitivamente destronado por Ben Johnson, quien hizo la carrera de su vida, barriendo la plusmarca mundial, sacando varios cuerpos de distancia a Lewis y permitiéndose el lujo de levantar el brazo en señal de victoria antes de cruzar la meta, gesto que le impidió conseguir una marca todavía más impresionante. Johnson rubricó una supremacía mayestática que los cien metros no volvieron a contemplar hasta la aparición de Usain Bolt. Había destrozado a todos sus rivales, había humillado al antaño invencible Lewis ante la mirada atónita del mundo entero y por unas horas estuvo a punto de convertirse en el hombre cuya fotografía colgase en las habitaciones de millones de chavales de todo el mundo. Sí, parecía que él iba a ser el nuevo gran icono del deporte. Pero su gloria duró menos de cuarenta y ocho horas. El dopaje, la ponzoña que llevaba años ensombreciendo la trastienda del atletismo, saltó a las primeras planas cuando las pruebas de Ben Johnson lo delataron ante el mundo. El triunfante canadiense se convirtió en el símbolo de la infamia deportiva; ningún otro campeón había caído desde tales alturas en tan brevísimo tiempo mientras el mundo contemplaba con asombro su despeñamiento. Era el precipitado final de una rivalidad feroz y Johnson quedó retratado como el malvado. Pero había mucho más detrás de aquella historia. Hoy pocos piensan que Ben Johnson fuese realmente el único tramposo en aquella partida de póquer.Johnson, que fue suspendido de por vida por la federación internacional de atletismo en 1993, se dedicó desde entonces a entrenar. En la actualidad sigue haciéndolo. Vive en Ontario y pasa la mayor parte del tiempo con su hija y su nieta.

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