sábado, 11 de febrero de 2017

El reverendo Jones

Jim Jones, fundador y guía del Templo del Pueblo, lo consiguió con creces un día de noviembre de 1978 al proponer (y obligar) a todos sus seguidores reunidos en Jonestown (Guyana) un suicidio colectivo como protesta a la visita del congresista Leo Ryan. Sus seguidores se habían dirigido al campamento ante las innumerables denuncias que se habían recibido por las extravagancias y peligros de que hacía gala su iluminado dirigente. A la llegada de Rvan, Jones y los suyos empezaron a gritar contra su presencia para, después, alentar a sus seguidores a expulsarlo de allí y, ya en pleno paroxismo colectivo, conseguir un imprevisto linchamiento de Ryan y cuatro de sus acompañantes.
Es entonces, con los cuerpos desfigurados y todavía calientes de los visitantes y, sin duda, sabiendo lo que le esperaba, cuando Jim Jones propuso (más bien ordenó) que todos se entregaran a la muerte en un gran ritual final. Estos, en bloque, aceptaron (eran unos 900) y, tras preparar mezclas letales de diversas bebidas, que ingirieron ceremoniosamente, fueron muriendo sin remisión. Cuando llegó la policía, aquello era un inmenso cementerio al aire libre en el que había cuerpo amontonados uno sobre otros.

Jones había fundado su Templo del Pueblo el año 1956 en Indianápolis (Estados Unidos). Muy pronto vio engordadas las listas de adeptos, compuestas en su mayoría por marginados, desequilibrados y gentes de toda clase y condición, con la presencia de muchos individuos de raza negra.
En 1965 se trasladaron a California, cuando los que acudieron a la llamada del iluminado eran ya miles y el negocio prosperó de forma imparable. Todos y cada uno de los que fueron admitidos debían entregar sus pertenencias materiales a la comunidad (o sea, a Jones). Ante el panorama de persecución que estaban sufriendo en su propio país, en 1977 hicieron su última mudanza a la paradisíaca Guyana, lugar donde pensaban que iban a encontrarse lo bastante alejados de molestas inspecciones.
Al menos así de contentos vivieron hasta que les fue comunicada la próxima visita de una comisión del Congreso. Lo que ocurrió después ya ha quedado descrito unas líneas más arriba, además de que fue noticia en primera página en todos los periódicos del planeta. Fue un gran impacto, que sirvió para inspirar otros suicidios colectivos en otras partes del mundo.El Templo del Pueblo fue una agrupación religiosa fundada en los años 50, teñida de secretismo y siempre liderada por un llamativo personaje: Jim Jones.
"La primera vez que visité el Templo del Pueblo fue como sentirme en casa", dijo Tim Carter en un documental del canal público estadounidense PBS difundido hace 10 años.
Jones fundó el Templo del Pueblo en su natal Indianápolis, estado de Indiana, en la década de los 50, con la idea de amalgamar el ideal socialista, perseguido en aquellos años, en una comunidad donde no existieran fronteras de raza o nacionalidad.El líder mandó a reunir a todos los integrantes de la comunidad de Jonestown, reiteró que las amenazas al paraíso eran reales. Hay que hacer una revolución de "muerte".
"Por el amor a Dios, ha llegado el momento de terminar con esto", se puede escuchar en las grabaciones en estado de casi delirio.
Entonces lanzó la frase premonitoria de la muerte:
"Hemos obtenido todo lo que hemos querido de este mundo. Hemos tenido una buena vida y hemos sido amados", sentenció.Cuando los medios dieron cuenta de la tragedia, quedó consignado como el mayor suicidio colectivo de la historia.
"¿Y los niños? Ellos no se suicidaron. A las madres les arrancaron sus bebés y después le dijeron que era imposible vivir sin ellos", concluyó Johnston Kohl.
"Ahora que reflexiono sobre esto me doy cuenta que lo que corrompió a Jones fue el poder. Todo el tiempo que estuvimos en Guyana él siempre tuvo el control absoluto".
Jones fue hallado muerto también, pero no había sido derribado por el cianuro, sino por el disparo de una escopeta.

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