viernes, 20 de enero de 2017

Real Madrid 1 Celta 2

Sin cambios en el descanso, y con un juego modorro, era inevitable acordarse de Van Basten y su propuesta para mejorar el fútbol. Es el reconocimiento de la FIFA (ojo con eso) de que en general se trata de un espectáculo muy imperfecto y tirando a anodino.
El Madrid, sin ser mejor, quiso verticalizar su fútbol. Entró Morata y las cosas empezaron a coger el tono coloquial y concreto de Lucas. El estadio bajó algún grado, subió decibelios y Cristiano rozó el remate en un córner al que llegó demasiado pronto. Estuvo de ay, intempestivo por instantes.
Morata chutó después, Lucas a los dos minutos, y casi todas las jugadas del Celta, bien trazadas, tropezaban o evitaban o tramitaban con Casemiro, cuya presencia se entiende mejor a sensu contrario. El Madrid estaba ansioso e impreciso, era como si estrenara los canales por los que llevar la pelota. Como si cada jugada hubiera de ser decidida en sucesivas muestras de ingenio. Técnico-tácticamente hablando, como hablaría Berizzo, el Celta parecía mejor plantado en el campo. Más tranquilo en lo que hacía, más mecánico y suave. Con un cartabón invisible al menos.

Una de las veces en que evitaron a Casemiro, el balón llegó a Bondonga en la izquierda, centró al área y Iago Aspas, tras maniobra perfecta, consiguió el primero.
El Madrid respondió atacando más o menos igual, pero un rechace lo aprovechó Marcelo para marcar de volea zurda. Un gran gol personal celebrado también con rabia personal. Parecía un asunto que solo incumbiese a Marcelo, aunque era una llamada a la locura que nada despertó, porque a la jugada siguiente Lucas perdió la pelota y Jonny encontró un camino abierto hasta la portería y el segundo gol.

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