viernes, 18 de noviembre de 2016

Tombuctú


Su situación geográfica hace de la ciudad un punto de encuentro entre áfrica occidental  y las poblaciones nómdas bereberes y los árabes del norte. Tiene una larga historia como puesto avanzado de comercio, e intersección de la ruta comercial transahariana  de norte a sur.
Se hizo próspera por Mansa Musa , rey del  imperio de Malí quien se anexionó pacíficamente la ciudad en 1324  Es el hogar de la prestigiosa universidad de Sankore  y de otras madrazas , y fue capital intelectual y espiritual y centro para la propagación del islam  en toda África durante los siglos 15  y  16 . Sus tres grandes mezquitas, Sankore , recuerdan la edad de oro de Tombuctú. Aunque continuamente restaurados, estos monumentos están hoy bajo la amenaza de la desertificación, ya que la ciudad está principalmente hecha de barro. Según algunos estudios, Tombuctú ha tenido una de las primeras universidades del mundo. Estudiosos locales y coleccionistas todavía cuentan con una impresionante colección de antiguos textos griegos de aquella época, y en el  siglo 14 fueron escritos y copiados importantes libros, estableciendo la ciudad como centro de una importante tradición escrita en África.

 Pese a que fuera mencionado ya en tiempos de Herótodo, ese era el mismo problema que hasta hace unos doscientos años se encontraban todos cuantos oían hablar de ella. El eco de su musical nombre comenzaba a ser habitual entre ciertos círculos europeos, pero poco se sabía más allá de que la ciudad albergase varias de las mejores bibliotecas de la época, frecuentadas por eruditos y estudiosos, que en sus mercados se encontrasen todo tipo de productos exóticos y que al estar además repleta de santos venidos de todos los confines del mundo, gozase de una más que consagrada vida religiosa y espiritual. Tanto es así que poco tardó en ser considerada una de las ciudades sacras por el Islam. Por este motivo, la visita a la urbe estaba prohibida para los no fieles a esta religión. Varios británicos fracasaron estrepitosamente en su determinada búsqueda de la legendaria ciudad. Destaca Mungo Park, un médico inglés que se desempeñaba con veintidós años en la isla de Sumatra, y que conseguiría dos años más tarde remontar la parte baja del Níger. Sin embargo fue encarcelado, maltratado y humillado por ser cristiano. A su vuelta a Inglaterra escribió un libro con las crónicas de su viaje y aún partió una segunda y última vez al Níger, donde moriría envenenado por flechas de nativos, sin haber conseguido su propósito de llegar a Tombuctú. La Sociedad Geográfica Francesa ofreció entonces una enorme cantidad de francos a quien pudiera dar información certera – esto es, confirmar cuán real era lo que se escuchaba- sobre la afamada ciudad, pues ni su ubicación exacta era conocida y no pocos los peligros de encontrarla. Un pubertoso René Caillié, amante de los libros de aventuras, se embarcó con lo puesto a Senegal deseoso de arribar a Tombuctú. Uniéndose a expediciones extranjeras fue forjando sus habilidades para desenvolverse en el terreno, pero fracasaría hasta tres veces. Con la piel en los huesos, y desde la senegalesa isla de Gorée donde tuvo que recuperarse, se embarcó a las Antillas Menores, cayendo allí azarosamente en sus manos el diario del mismo Mungo Park. De nuevo en África, lideró esta vez dos largas expediciones que vinieron cargadas de enfermedades. Debió beberse su propia orina y hasta su sangre tras cortarse en las extremidades, entre otras vicisitudes semejantes. Retornó a Francia con una nueva sensación de fracaso. Hay quien dice que a la tercera va la vencida, y más maduro y enmendando los errores de sus anteriores viajes, René aprendió árabe, bambara, tamacheck (la lengua de los touaregs) y otras lenguas del desierto, así como las costumbres islámicas y de las etnias locales, memorizó el Corán, y así, tras otra intentona más y no pocas enfermedades y contratiempos, disfrazado de musulmán, consiguió llegar finalmente a Tombuctú a la edad de veinticuatro años.
Recordando todas esas historias, llegué una noche a Douentza, desde el histórico puerto de Mopti a bordo de un camión. Tras dormir apenas cuatro horas en la trastienda de una tienda de refrescos, me desperté antes del alba, sabiendo que los pocos vehículos partirían con la fresca. No tardó mucho en pasar un cuatro por cuatro me recogía al verme hacer autostop. Era temporada de lluvias, y los doscientos kilómetros de senda que nos separaban de la mítica ciudad estaban poco menos que intransitables. Era como ir campo, digo, desierto a través. Tras dos cambios de rueda, varias paradas para la oración y ayudar a camiones atrapados en en fango, algún mareo y otros descansos arribamos al mercado principal de la ciudad doce horas después. No cabía en mi de gozo.

poco o nada conoces de este sitio, no te preocupes demasiado. Pese a que fuera mencionado ya en tiempos de Herótodo, ese era el mismo problema que hasta hace unos doscientos años se encontraban todos cuantos oían hablar de ella. El eco de su musical nombre comenzaba a ser habitual entre ciertos círculos europeos, pero poco se sabía más allá de que la ciudad albergase varias de las mejores bibliotecas de la época, frecuentadas por eruditos y estudiosos, que en sus mercados se encontrasen todo tipo de productos exóticos y que al estar además repleta de santos venidos de todos los confines del mundo, gozase de una más que consagrada vida religiosa y espiritual. Tanto es así que poco tardó en ser considerada una de las ciudades sacras por el Islam. Por este motivo, la visita a la urbe estaba prohibida para los no fieles a esta religión. Varios británicos fracasaron estrepitosamente en su determinada búsqueda de la legendaria ciudad. Destaca Mungo Park, un médico inglés que se desempeñaba con veintidós años en la isla de Sumatra, y que conseguiría dos años más tarde remontar la parte baja del Níger. Sin embargo fue encarcelado, maltratado y humillado por ser cristiano. A su vuelta a Inglaterra escribió un libro con las crónicas de su viaje y aún partió una segunda y última vez al Níger, donde moriría envenenado por flechas de nativos, sin haber conseguido su propósito de llegar a Tombuctú. La Sociedad Geográfica Francesa ofreció entonces una enorme cantidad de francos a quien pudiera dar información certera – esto es, confirmar cuán real era lo que se escuchaba- sobre la afamada ciudad, pues ni su ubicación exacta era conocida y no pocos los peligros de encontrarla. Un pubertoso René Caillié, amante de los libros de aventuras, se embarcó con lo puesto a Senegal deseoso de arribar a Tombuctú. Uniéndose a expediciones extranjeras fue forjando sus habilidades para desenvolverse en el terreno, pero fracasaría hasta tres veces. Con la piel en los huesos, y desde la senegalesa isla de Gorée donde tuvo que recuperarse, se embarcó a las Antillas Menores, cayendo allí azarosamente en sus manos el diario del mismo Mungo Park. De nuevo en África, lideró esta vez dos largas expediciones que vinieron cargadas de enfermedades. Debió beberse su propia orina y hasta su sangre tras cortarse en las extremidades, entre otras vicisitudes semejantes. Retornó a Francia con una nueva sensación de fracaso. Hay quien dice que a la tercera va la vencida, y más maduro y enmendando los errores de sus anteriores viajes, René aprendió árabe, bambara, tamacheck (la lengua de los touaregs) y otras lenguas del desierto, así como las costumbres islámicas y de las etnias locales, memorizó el Corán, y así, tras otra intentona más y no pocas enfermedades y contratiempos, disfrazado de musulmán, consiguió llegar finalmente a Tombuctú a la edad de veinticuatro años.
Recordando todas esas historias, llegué una noche a Douentza, desde el histórico puerto de Mopti a bordo de un camión. Tras dormir apenas cuatro horas en la trastienda de una tienda de refrescos, me desperté antes del alba, sabiendo que los pocos vehículos partirían con la fresca. No tardó mucho en pasar un cuatro por cuatro me recogía al verme hacer autostop. Era temporada de lluvias, y los doscientos kilómetros de senda que nos separaban de la mítica ciudad estaban poco menos que intransitables. Era como ir campo, digo, desierto a través. Tras dos cambios de rueda, varias paradas para la oración y ayudar a camiones atrapados en en fango, algún mareo y otros descansos arribamos al mercado principal de la ciudad doce horas después. No cabía en mi de gozo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario