viernes, 11 de noviembre de 2016

la muerte de Nerón

Emperador romano, último de la dinastía Julio-Claudia (Anzio, Lacio, 37 - Roma, 68). Era hijo del primer matrimonio de la segunda mujer de Claudio, Agripina la Joven y, por tanto, tataranieto de Augusto.
Agripina convenció a Claudio para que adoptara a Nerón en el 51, señalándole como heredero de la diadema imperial (en lugar del que se suponía su propio hijo, Británico, nacido del matrimonio con Mesalina); para fortalecer su posición casó a Nerón con otra hija de Claudio, Octavia, en el 53; y, finalmente, asesinó al emperador en el 54, dejando el camino libre para su hijo. Éste fue proclamado emperador con sólo 17 años por la guardia pretoriana, dirigida por el prefecto Burro.
El reinado de Nerón (54-68) se inició bajo la influencia de Burro y del filósofo Séneca (preceptor de Nerón), a través de los cuales era Agripina la verdadera dueña del poder. Pero cuando Agripina sospechó que Nerón pretendía sacudirse la tutela materna, empezó a conspirar con Británico para derribarle, y el emperador respondió haciendo asesinar tanto a Británico (55) como a Agripina (59).
Tras cinco primeros años de reinado bastante tranquilos, recordados más tarde como uno de los mejores periodos de la historia romana (en los cuales se estableció el protectorado romano sobre Armenia), el emperador empezó a convertirse en un tirano sin escrúpulos, interesado tan sólo por gozar de los placeres de la vida y de la belleza, bajo la influencia de su caprichosa amante Popea (que le obligó a divorciarse de Octavia y a asesinarla en el 62, para casarse con ella misma). También hizo asesinar a Burro (62) y le sustituyó por su favorito Tigelino. 

Embarcado ya en un despotismo delirante, Nerón cometió toda clase de atrocidades y extravagancias: se dedicó a hacerse adular como poeta, músico, bailarín y deportista en actuaciones públicas; hizo arder la ciudad de Roma para reconstruirla a su gusto (64); desató persecuciones contra los cristianos acusándoles de ser los culpables del incendio; intentó ganarse al pueblo con espectáculos y regalos en los que arruinó el tesoro imperial; e incluso provocó la muerte de Popea, haciéndola abortar de una patada durante un acceso de cólera.
En la noche del 8 de junio del año 68, Ninfidio ordenó a los pretorianos de guardia en el palacio imperial que abandonaran el edificio; es decir, que abandonaran a Nerón a su suerte. En su residencia de los Jardines de Servilio, el emperador decidió huir de Roma. Quiso convencer a los tribunos y centuriones del pretorio de que lo acompañaran, pero todos se escabulleron; uno incluso le respondió con un verso de la Eneida de Virgilio: «¿Es acaso una desgracia tan grande morir?» Finalmente, Nerón se marchó con unos pocos fieles: sus libertos Faonte y Epafrodito y su amante Esporo.
Los cuatro se dirigieron a la villa del primero de ellos, Faonte, situada al noreste de la ciudad, con la intención de esperar allí un barco para huir a Egipto. Esto permitió a Sabino argumentar ante los pretorianos, y al día siguiente ante el Senado, que el emperador había abdicado de sus derechos y había abandonado Roma y a los romanos. Primero los pretorianos proclamaron a Galba emperador y luego el Senado decretó la pena de muerte para Nerón como enemigo público del Estado. El derecho romano reservaba un final adecuado a dicho crimen: ser amarrado con una soga, desnudado y golpeado con varas hasta la muerte.
Las noticias de su condena a muerte por el Senado le llegaron de manera indirecta a Nerón a la villa donde se hallaba escondido. Por temor al espantoso suplicio que le reservaban los senadores, el emperador decidió suicidarse con su daga. Pero, finalmente, no pudo, no quiso o no acertó a manejarla él mismo. Tras dejarnos su última frase, «¡Júpiter, qué gran artista muere conmigo!», su liberto Epafrodito le hundió el puñal en la garganta hasta matarle. Es irónico pensar que quien pensaba pasar a la historia como un gran cantante muriese por una herida en la garganta.
Con el suicidio asistido del tirano, muchos creyeron que sería posible restaurar el antiguo régimen republicano. Los romanos corrían por las calles eufóricos y muchos llevaban el gorro frigio de los libertos para señalar el triunfo de la libertad. Pero los pretorianos habían proclamado emperador a Galba: Roma seguiría siendo un Imperio. Lo que sí llegó a su fin con la muerte de Nerón fue la dinastía Julio-Claudia, aquella que habían fundado los dos golpistas más famosos de la historia de Roma: Julio César y Augusto.

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