sábado, 29 de octubre de 2016

Medina del Campo

 El castillo de la Mota fue  construido en un pequeño cerro o “mota”, es sin lugar a dudas el más emblemático de Medina del Campo. Declarado Bien de Interés Cultural desde 1904.
Sus orígenes datan del S. XII, posteriormente el Rey Enrique IV a mediados del siglo XV, construye el perímetro interior y la torre del Homenaje, aprovechando una parte de la muralla medieval. Durante el reinado de los Reyes Católicos se edificó la barrera artillera (1476-1483) donde se encuentran el escudo y emblemas de los citados monarcas.

El Castillo a lo largo de su historia ha tenido cuatro fases de reconstrucción: la 1ª llevada a cabo por Teodosio Torres, la 2ª y 3ª por Juan Agapito y Revilla, la 3ª Iñiguez Almech y desde 1992 gracias al “Plan Director” el arquitecto Fernando Cobos está permitiendo recuperar los alrededores del Castillo, los arranques de los lienzos de las antiguas murallas, así mismo el vaciado del foso y el saneado de las galerías subterráneas, recuperándose los sistemas de tiro y ventilación.


De planta trapezoidal, con una muralla exterior y otra interior con un amplio patio de armas desde el cual se accede a diversas dependencias (reconstrucción realizada tras la Guerra Civil), entre las que destaca la capilla dedicada a Santa María del Castillo en la que se encuentran diversas e interesantes obras artísticas.

A través de una reproducción de la portada gótica del hospital madrileño de La Latina se accede a la conocida como sala de Ju
an de la Cosa, nombre que se debe a la copia de la carta naval realizada por el mismo en el año 1500. Los primeros vestigios de asentamientos humanos en estas tierras han sido datados en la Edad de Hierro. Pero sería siglos después, primero con la dominación romana y después con la árabe, cuando el lugar adquiere entidad como poblamiento estable. De los romanos se han encontrado restos arqueológicos en una loma llamada “las peñas” y de los árabes ha quedado el nombre de “Medina”. El documento más antiguo en el que aparece citada la población (como “Metina”) es una carta de donaciones de 1107. En aquel tiempo ya era una plaza privilegiada por su rapidísimo crecimiento tras la repoblación ordenada por Alfonso VI, y por su disposición defensiva (estaba entonces el pueblo en la margen derecha del río Zapardiel, en los mismos lugares donde hoy se alza el Castillo). En 1258 Alfonso X confirma los fueros medinenses. Fernando IV convoca por primera vez las Cortes de Medina, que celebrarían sesiones a lo largo de los siglos XIV y XV. Desde entonces y hasta hoy, prácticamente todos los reyes o gobernantes españoles han pasado alguna vez por las calles de la Villa. El reconocimiento internacional de Medina llegó con las Ferias y se marchó con ellas. Pero aquel esplendor no estuvo exento de sobresaltos: en 1492 un incendio fortuito arrasó 260 edificios (como consecuencia del hecho, nació la “Ordenanza de fuegos”, de la Reina Católica).

Otro incendio, esta vez provocado por las tropas de Carlos I, redujo a cenizas veintiocho años después más de 900 casas. El hecho, acaso el más heroico y luctuoso de su historia, fue consecuencia de la resistencia que los vecinos opusieron al ejército de Carlos I durante la Guerra de las Comunidades, cuando se negaron a entregar la artillería con la que los imperiales pretendían arrasar la ciudad de Segovia.


Desde principios del siglo XVII y hasta la llegada del ferrocarril a mediados del XIX, la localidad va conociendo un lento languidecer. Sólo la imprenta medinense (acaso heredera de aquellos magníficos escribanos antiguos) mantiene en alto el buen nombre del lugar.
 Pero un nuevo renacimiento llegó con la actual centuria: Medina se asienta en la modernidad recuperando su importancia en las comunicaciones terrestres entre el sur y el noroeste peninsular, tanto por tren como por carretera. El sector servicios, la agricultura y la industria de transformación (sobre todo el mueble) se convierten en el motor económico. El censo de población pasa de los 2.760 habitantes en 1850, a los más de 20.000 de la actualidad.

Medina del Campo es una de las tres cabeceras de Partido Judicial de la provincia y, tras la capital, la población más importante de Valladolid.


La riqueza económica – como en cualquier lugar – ha ido pareja a la riqueza artística y monumental. Fueron los siglos XV y XVI, cuando se levantaron la mayor parte de los edificios civiles, religiosos y militares de la Villa. Aunque por el camino del tiempo se perdieron algunas importantes construcciones (las murallas y sus puertas; algunos palacios; una docena larga de iglesias, conventos y monasterios...) aún hoy puede verse buena parte de aquel pasado arquitectónico de esplendor.


El casco antiguo fue declarado conjunto histórico artístico en 1978.

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