lunes, 10 de octubre de 2016

Bud Spencer

Bud Spencer protagonizaba, a principios de los 70, películas del Oeste, o sea westerns, tremendamente populares. Era un nombre falso. No lo sabíamos entonces. O no lo sabía casi nadie, porque convenía comercialmente que nos engañaran. Bueno, tampoco era un engaño ofensivo o doloroso, que acortase nuestra juventud o atentase contra nuestros ideales. Era una engañifa casi inocente, una mentirijilla conveniente para hacer el producto más creíble.
En cuanto a éste... Tampoco era tan serio o elevado como para exigirle daños y perjuicios morales o económicos. No tenía trampa ni truco. Carecía de pretensiones intelectuales o intenciones propagandísticas. No aspiraba ni a educar, ni a conmover. Así que daba lo mismo que Bud Spencer no se llamase Bud Spencer ni fuera americano. Muchos, incluso, se han enterado ahora, a su muerte, de que su auténtico nombre era Carlo Pedersoli y había nacido en Nápoles.
Adoptó su nombre artístico por afición a la cerveza Budweiser y por admiración hacia Spencer Tracy. Formaba con Terence Hill una pareja parecida, en los westerns, a la de Bud Abbott y Lou Costello en la comedia urbana. Claro, que Terence Hill tampoco se llamaba así, sino Mario Girotti, y era veneciano. El director de sus películas más famosas, E.B. Clucher, atendía en realidad por Enzo Borboni. Las producciones eran italianas, eso no se podía negar. Pero venía muy bien para su comercialización que sus elementos principales, protagonistas y director, fuesen (o pareciesen) americanos. La cinta ganaba en tirón y credibilidad argumental, ambiental, interpretativa...

Italia, en los 60, había adquirido prestigio en el mundo del western gracias al guionista, productor y director romano Sergio Leone, artífice de un estilo innovador en el tratamiento del género. Acción lenta, interminables primeros planos de rostros duros y hieráticos, travellings al ralentí... Todo ello apoyado, envuelto, realzado por una banda sonora firmada por Ennio Morricone en la que el silbido ejercía como instrumento solista. Un sonido original que lo mismo servía para ahondar en la lejanía de un paisaje abrasado y desnudo que para anunciar un duelo, un tiroteo inminente.
Leone puso en la historia del cine la llamada Trilogía del dólar. Tres cintas, tres coproducciones, con un protagonista único, un pistolero impávido y mercenario interpretado por un Clint Eastwood que saltó a la fama desde el calcinado desierto de Almería: Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), que también lanzó al estrellato a Eli Wallach y Lee van Cleef.
El género recibió la descriptiva, gráfica denominación de spaghetti western. Bud Spencer y Terence Hill, de la mano de E.B Clucher, fueron, en cierto modo, los sucesores cómicos del Eastwood amoral. Y, probablemente, no habrían rodado sus películas sin la existencia previa de Eastwood, Leone, Almería y sus resultados comerciales. Encarnaron una variante casi bufa de los guiones tradicionales. Hacían justicia a mamporros, no a balazos.

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