martes, 4 de octubre de 2016

A arte de Voar de Antonio Altarriba

Por medio de la ficción, muchos intentaron llenar este vacío y la guerra ha sido tratada abundantemente en películas, novelas y cómics.
Michel Matly, que publicó una tesis sobre el retrato de los conflictos en los cómics en la universidad francesa Blaise Pascal, asegura que esto no es completamente novedoso.
Ambos bandos de la guerra civil, republicanos y nacionales, usaron los cómics como propaganda.
"En ese tiempo la gente a veces tenía problemas para leer o era analfabeta y los cómics era una buena manera de enviar mensajes", dice.
Durante la dictadura, el debate fue ampliamente reprimido y sólo fue en los primeros años de la democracia que volvió a cobrar vida en los cómics, aunque tibiamente para mantener la política general de apaciguamiento.

En los 1990, la industria atravesó una crisis y numerosas revistas cerraron, explica Matly. Pero volvió a despegar en el cambio de siglo, impulsada por la bonanza económica y la llegada de las novelas gráficas, un formato de libro más largo.
Coincidió con un momento en que la guerra civil volvía con fuerza al debate público, en un proceso que terminó con una histórica ley de memoria aprobada en 2007 que reconocía las víctimas del conflicto y de la dictadura franquista.
"Se habló más del tema, se empezaron a recopilar testimonios... Se escribieron muchísimos libros y también pasó en el cómic", dice Paco Roca, autor de aclamadas novelas gráficas de la guerra.
En su renacimiento, los cómics se volvieron más cruentos. Un caso paradigmático es 36-39 Malos Tiempos, en el que Carlos Giménez relata el asedio de Madrid por las fuerzas insurgentes.
Basado en el testimonio de un hombre que vivió la guerra, contiene historias desgarradoras como la decisión de una madre de dar el querido gato de su hijo a un vecino hambriento o el terror de un hombre al ver a alguien decapitado en un bombardeo.

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