miércoles, 28 de octubre de 2015

spaguetti western

El “spaghetti-western” es un subgénero cinematográfico de películas del Oeste, generalmente rodadas en Europa y de bajo presupuesto. Este término fue usado por los críticos para menospreciar al género; aún hoy se pueden escuchar comentarios. Pero sin embargo, algunas de estas películas fueron adquiriendo admiración y respeto por parte del público.
Las diferencias más destacadas de este género con el “western” son: las técnicas de montaje, los movimientos de cámara (el abuso de los zooms), la caracterización de los personajes y la música. Las temáticas también difieren totalmente de las del western americano; uno de los temas más usados es ‘la venganza’. Generalmente los personajes principales son antihéroes, o sea, que desempeñan las funciones narrativas propias del héroe tradicional, pero difieren en sus apariencias y valores.
La música creada por Ennio Morricone era totalmente diferente a lo que se venía escuchando en el género “western”. Era tan original, que muchos compositores usaron su estilo para la musicalización de otros “spaghettis”.

En el rodaje de la gran mayoría de los “spaghetti westerns”, se utilizó como escenario el Desierto de Tabernas (Almería, Andalucía, España); esto fue así porque se dice que es el más semejante al desierto estadounidense. Pero también se usaron paisajes de otros lugares de Europa, como por ejemplo,Madrid (España) y Roma (Italia).
A su vez, algunos “spaghetti westerns” pueden adquirir otros nombres según el lugar donde se hayan rodado. Se denomina “chorizo western” si fue rodado en Madrid, y “butifarra western” si fue en Barcelona.
Actualmente, el género se halla cada vez más sepultado en el abismo de lo desconocido.
El primer director de este subgénero fue Sergio Leone con Por un Puñado de Dólares (1964) en la que hacía aparición por primera vez Clint Eastwood. Se caracteriza por una estética sucia a la vez que estilizada y por unos personajes aparentemente carentes de moral, rudos y duros, haciéndose servir de los clichés clásicos del Western Americano para crear un estilo propio sirviéndose del mito.
 Los spaghetti western nacieron en los 60 en Europa como una forma de clonar con bajos costos los verdaderos westerns de Estados Unidos. En los 70 estaban olvidados y enterrados pero ahora “reviven” con el homenaje de 800 balas, de Alex de la Iglesia; con Río Místico, dirigida por Clint Eastwood, quien logró la fama protagonizando la trilogía de spaghetti westerns de Sergio Leone, y con Kill Bill, de Quentin Tarantino, quien hace guiños a Leone y compañía.
En el 2004 se festejarán los 40 años del primer spaghetti western que valió la pena ser recordado: Por un puñado de dólares (1964), una película de vaqueros americanos que no estaba hecha en Estados Unidos, sino que en Europa, que no tenía un director americano, sino que uno italiano, Sergio Leone, y que se inspiraba no en una película hollywodenseo, sino que en una japonesa, Yojimbo, de Akira Kurosawa, para contar la historia del lacónico Hombre Sin Nombre, cuyo mejor discurso era disparar su Colt 45 y después hablar. Este rol daría fama internacional a un por entonces secundario actor de TV estadounidense llamado Clint Eastwood.
Por un puñado de dólares también dio notoriedad y sustento a los llamados spaghetti western: denominación con que a inicios de los años 60 se les llamaba a las producciones europeas que recreaban las películas del oeste norteamericano, casi siempre, con dineros italianos (por eso lo de spaghetti), filmadas en locaciones españolas (como Almería) y con actores de segunda línea estadounidenses y otro tanto provenientes de España e Italia.
 El gran Clint, el hombre sin nombre de Por un puñado de dólares (1964)
Mediante la construcción y reciclaje de un género como el western, los clásicos héroes como John Wayne y Henry Fonda fueron desplazados en Europa por Lee Van Cleef, Giulano Gemma, Franco Nero, Clint Eastwood, Klaus Kinski y Terence Hill. Clones de los vaqueros reales que se proponían conquistar el gusto de los espectadores, especialmente del Tercer Mundo, mediante un mecanismo simple y directo: la acción física, mucha violencia y el juego de lo inverosímil.
Aunque el reinado de este tipo de películas fue corto y su muerte se decretó en los años 70, imposible no pensar en sus alcances, directa o indirectamente, cuando hoy en día vemos la nostalgia de 800 balas, de Alex de la Iglesia, donde se homenajea con cariño las cintas filmadas en Almería; cuando escuchamos en Kill Bill, de Quentin Tarantino, cómo bandas sonoras de los spaghetti westerns sirven de telón de fondo para peleas de karatecas y cuando la última película dirigida por Clint Eastwood, Mystic River habla de uno de los grandes tópicos del género: la venganza y la redención.

 Según anotan algunos estudios, entre 1960 y 1975 Europa produjo cerca de 600 títulos que giraban en torno a la temática del oeste. Gran parte de este abultado número de cintas siempre había sido ignorado por la crítica, pues se les consideraba cine menor y chatarra. Se supone que los europeos siempre habían sentido atracción por el western, pero lo que en gran parte motivó la producción propia fue un asunto económico. Problemas de mercado y distribución, con altos costos y una inversión con demasiado riesgo, hicieron que capitalistas del Viejo Continente prefirieran imitar las películas de aventuras al estilo de El Zorro y las malas cintas clase B del oeste.
Antes que Sergio Leone llegara para marcar la diferencia y mejorar la opinión sobre los spaghetti western y el western hecho fuera de EE.UU., el productor Michael Carreras (uno de los fundadores del mítico estudio inglés Hammer) fue un precursor. Con la cinta Tierra brutal (Savage Guns), de 1961 y protagonizada por Richard Basehart, demostró que era posible hacer un cine correcto de vaqueros fuera de Norteamérica. Otro ejemplo fue El tesoro del lago
Silver
(1962), del productor alemán Horst Wandlandt y del director Harald Reini. Filmada en Yugoslavia y con Lex Barker (el rostro de varias cintas de Tarzán entre 1949 y 1953) de protagonista, se basaba en la literatura del escritor Karl May sobre aventuras de la frontera.
Para 1964 cerca de veinticinco westerns alemanes, italianos y españoles se habían realizado y, generalmente, la calidad dejaba mucho que desear. El estilo de filmar no era mejor que los peplums (esas películas de romanos cuya hipnótica atracción consistía en que cada escena podía ser peor que la anterior) y la producción no aspiraba a ambiciones artísticas o personales.
Pero Sergio Leone ayudó a cambiar las cosas. Nacido el 23 de enero de 1929, en Roma, e hijo de un pionero de la industria fílmica, Vincezco Leone, y de la diva de la pantalla Francesca Bertini, comenzó tempranamente su carrera en el cine a la edad de 18 años -como asistente de varios directores italianos (Gallone, Comenicini, Soldati, Camerini), como también de algunos directores americanos que filmaron en Italia, como Mervyn LeRoy, Robert Wise, William Wyler, Raoul Walsh. Ayudó también en mega producciones como Quo Vadis, Helena de Troya y Ben-Hur, pero su tardío debut en la dirección de películas fue en 1960 con El coloso de Rodas: un éxito de taquilla que anticipó el estilo violento y descarnado que impondría en su trilogía de spaghetti westerns.
Con una manera más ambiciosa de poner la cámara (recordados son sus agresivos acercamientos o zoom in a los rostros de sus personajes), un acento semi satírico y extremadamente violento -que dejaba el conteo de muertes de Terminator o Rambo como un juego de niños- Leone inventó un estilo que toma elementos propios del western americano, pero filtrados y puestos en la tradición barroca del cine italiano. “El western italiano inventado por Leone”, anota Georges Sadoul sobre el director, “se ha alimentado de toda una tradición barroca nacional. De hecho el propio Leone dice que Por un
puñado de dólares
venía en línea directa de Arlequín, servidor de dos amos, de Goldini”.
Leone aclaró su estilo en la prensa de los años 60 con sus propias palabras: “He abordado el género con gran amor y con gran ironía también, sobre todo en mi primer filme, poniendo en primer plano la preocupación por la autenticidad”. Uno de sus mayores aportes al spaghetti western fue establecer una fórmula argumental, posteriormente, muchas veces copiada, con un héroe sin nombre (Eastwood en la trilogía de Leone), melancólico y cínico y cuya gran motivación en la vida es conseguir dinero. Una especie de mercenario.
 Franco Nero: en Django: Eastwood en versión italiana
Pero para fines de los años 60 no sólo la música había rendido frutos dentro de la frontera del spaghetti western. Directores como Sergio Corbucci, conocido como “El otro Sergio”, ayudó a explotar la fórmula con su hit Django, alabado éxito internacional que ayudó a imponer el tema de la venganza mediante una trama brutal. Una secuela de Django, la surrealista Django jill!, de Giulio Questi y con Tomas Milian, tiene el record de ser el spaghetti western más violento y raro, con torturas, murciélagos vampiros, crucifixiones y una bandas de criminales gays. Django, con Franco Nero en la primera versión, tuvo cerca de 30 secuelas “falsas”, es decir, cintas a las que se les incluía en el título la palabra Django por criterios comerciales. Lo mismo le pasaba al personaje Ringo (Guliano Gemma), cuyas cintas no son tantas como lo indican las ventajosas re titulaciones. Sartana (1968) y Sabata (1969) y Le llamaban
Trinidad

(1970), pueden decir lo mismo.
Las ganancias crecían y el “star system” del spaghetti también: Lee van Cleef, tras El bueno, el feo y el malo, se había convertido en uno de los ídolos de la Europa de los años 60. Otros hollywoodenses que lograron el esquivo éxito de EE.UU. en Italia o España fueron Gilbert Ronald, Stephen Boyd, Mark Damon y muchos otros. También actores europeos lograron fama y prestigio como Giuliano Gemma (que actuaba bajo el seudónimo de Montgomery Wood) y Franco Nero. “John Ford tenía a John Wayne”, decía Sergio Corbucci: “Yo tengo a Franco Nero”.
Con el cuarto filme de Sergio Leone, Érase una vez en el oeste
(1968), filmado con dineros americanos, la unión entre elencos “gringos” consagrados y rostros europeos fue al fin posible. En esta ambiciosa puesta en escena Henry Fonda, Charles Bronson y Claudia Cardinale compartían pantalla en una historia incomprendida por la crítica y que, con el paso del tiempo ha sido revalorada con justicia. Algo, a estas alturas, corriente con el cine de Leone.
 Muchos siguieron las huellas del Maestro, dando vida a uno de los “movimientos” más prolíficos de la cinematografía italiana: centenares de películas, hasta con 40-50 títulos por temporada, sobre todo a lo largo de los años sesenta. Sin embargo, son pocos los cineastas que destacan del montón: el veterano de los “géneros” Sergio Corbucci, que con Django (1966) y El gran silencio (1967) pisa el acelerador de la violencia y las atrocidades con una eficacia ruda pero indiscutible; el ecléctico Duccio Tessari, que en Una pistola para Ringo (1964) y El retorno de Ringo (1965) incluso parafrasea unas citas homéricas; el despreocupado Franco Giraldi, capaz de inyectar saludables dosis de ironía en Siete pistolas para los MacGregor (1965) y Siete mujeres para los
MacGregor (1966); por último queda Giulio Questi, autor de Se sei vivo spara (1967), quizás el título más singular del lote: una obra censurada en muchos países en la que se mezclan ecos de Buñuel y sugestiones de Sade, con una crueldad sin igual. Un apunte aparte merece el llamado western político, impregnado de consignas del 68 y sugestiones tercermundistas, cuyas obras más logradas fueron realizadas por Damiano Damiani -Yo soy la revolución, ¿Quién sabe?–, 1966), Sergio Sollima El halcón y la presa, 1966; Cara a cara, 1967; Corre, Cuchillo,¡corre, 1968), Giulio Petroni (Tepepa, 1968) y Sergio Corbucci (Los compañeros (Vamos a matar, compañeros), 1970). A principios de los años 70, suplantado por el surgir de nuevos “géneros” (el “spaghetti thriller”, cuyo maestro fue ese Dario Argento que ya colaboró en el guión de Hasta que llegó su hora -√ârase una vez en el Oeste-”, el western perdió gran parte de su empuje y conoció un último, efímero periodo de gloria en la versión jocosa inaugurada por Le llamaban Trinidad (1970), E.B. Clucher -alias Enzo Barboni-) y vivificada por las peleas a puñetazo limpio de Bud Spencer y Terence Hill. Los sucesivos intentos de volver a repetir los éxitos del pasado -como los de Enzo G. Castellari con Keoma (1975) o Sergio Martino con El valle de la muerte (Mannaja) (1977)- no tuvieron ningún resultado: desde el punto de vista comercial, para los géneros las campanas empezaban a tocar a muerto y el western fue uno de los primeros en sucumbir.

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