sábado, 13 de octubre de 2012

valeria mesalina


Nacida en torno al año 20 d.C., Mesalina estaba emparentada por partida doble con Augusto, el fundador del Imperio. Su padre era el nieto de un general que se había casado con Octavia, la hermana de Augusto. La misma Octavia tuvo dos hijas de un segundo enlace con Marco Antonio: Antonia la Mayor, abuela de Mesalina, y Antonia la Menor, madre del futuro emperador Claudio.
 Pese al afecto de su marido, Mesalina se lanzó pronto a una vida de libertinaje sexual. A juzgar por el testimonio de sus biógrafos, la emperatriz fue uno de los mejores ejemplos en el mundo clásico de la perversión y la ninfomanía más desatadas. Insatisfecha con sus amoríos constantes con los más jóvenes cortesanos –muchos de los cuales murieron por haber accedido a sus deseos, mientras otros lo hicieron por haberse negado-, acudía todos los días a uno de los más zafios burdeles de Roma situado en el barrio de peor fama, Suburra, donde, bajo el nombre “artístico” de Lycisca, y adornada con la peluca amarilla distintiva de las prostitutas romanas, vendía sus favores a quien quisiera comprarlos, generalmente gladiadores y obreros de los muelles del Tíber

El comportamiento de Mesalina no era excepcional en la cultura romana, que aceptaba sin demasiados miramientos la libre sexualidad. Eso sí, chocaba con el modelo de matrona romana encarnado por Cornelia, la primera esposa de Julio César. La ley contra el adulterio dictada por Augusto, el deseo de restablecer una moral pública en la que la mujer fuera ejemplo de virtud y la difusión del pensamiento estoico, convertido en referente moral en la primera fase del Imperio, obligaban a censurar todo comportamiento que no estuviera basado en la moderación y la continencia. Los Preceptos del Matrimonio que redactó Plutarco a fines del siglo I d.C. proponían un modelo de esposa educada y sumisa, opuesto radicalmente al tipo de mujer que representaba Mesalina.


Mesalina es una de aquellas figuras que ya nacen convertidas en personaje, y cuyo mito es mucho más real que su existencia efectiva. Sus primeros historiógrafos, Tácito (55-120) y Suetonio (siglo I), son ya, respecto a ella, inconscientes novelistas, por cuanto sus rasgos les habían llegado ya transfigurados. Aunque no haya inspirado muchas producciones literarias, Mesalina ha seguido viviendo en aquella literatura no escrita que constituye la cultura patrimonial del pueblo.
Durante mucho tiempo, Mesalina fue una especie de símbolo fisiológico, la encarnación de la feminidad desenfrenada que sólo vive en el sexo y para el sexo: así nos la presentan los Anales de Tácito y Las vidas de los doce Césares de Suetonio. Durante el romanticismo y el postromanticismo, ese fantasma de lujuria se enriqueció con nuevos elementos. En el drama Mesalina, de Pietro Cossa (1830-1881), la emperatriz romana se eleva hasta el amor, un cruel amor que iguala en violencia la sensualidad y en el que el espíritu se manifiesta tan desenfrenado como la carne. Mesalina subvierte los valores morales y funda una ética pasional que cifra el bien supremo en el amor sensual que todo lo justifica.
En una comedia de Alexandre Dumas hijo, La mujer de Claudio, la figura de Mesalina reaparece en formas modernas, como símbolo del desasosiego femenino, de la eterna desilusión, espiritual y sexual a la vez, de la mujer frente al hombre. Incluida entre las Cortesanas célebres del novelista y dramaturgo francés Paul de Kock (1793-1871), Mesalina vive gracias a aquel parnasianismo popular que se complace sobre todo en reunir los nombres de cortesana y emperatriz, y se nos presenta como una orgiástica dominadora de los dos extremos a los que, en la jerarquía social, puede llegar la mujer.

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