lunes, 6 de agosto de 2012

henri matisse

(Cateau Cambrésis, 1869 - Niza, 1954) Pintor francés, máximo representante del fauvismo. El 20 de marzo de 1906 se inauguraba en los grandes invernaderos de Cours-la-Reine, en París, una nueva edición del Salón de la Sociedad de Artistas Independientes. Aquella exposición supuso el primer gran éxito de Matisse y su consagración como pintor y como cabeza visible de un nuevo movimiento. Los lienzos del artista causaron sensación: de gesto espontáneo y color puro, su obra daba las pautas de un estilo nuevo, lleno de vigor expresivo y que se negaba a ser una mera imitación de la naturaleza. Destacaba entre sus pinturas la ensoñación simbolista Lujo, calma y voluptuosidad, cuadro adquirido por el también pintor francés Paul Signac, y cuyas gruesas y cortas pinceladas de intenso color recuerdan precisamente la técnica divisionista propia del mismo Signac; la tela estaba inspirada en los cuadros del que había sido uno de los maestros de Matisse, Gustave Moreau.

En 1909 recibe del coleccionista ruso Schukin el encargo de pintar dos grandes paneles: La danza y La música. La primera versión de La danza (1909) preanuncia el que sería su gran trabajo ya en plena madurez (los grandes murales del mismo título realizados hacia 1932-33) y puede ser interpretada como una demostración anticubista de cómo las figuras pueden unirse a través del arabesco y de los intensos contrastes de color contra el fondo abstracto. Las fuentes de este mural son variadas, desde las figuras de los vasos griegos a las imágenes greco-romanas de las Tres Gracias. Los colores puros y llamativos de tonos oscuros cubren las zonas nítidamente dibujadas, aspecto este último que Matisse toma de la pintura de Cézanne.
La composición posee un ritmo vivo, al servicio del cual se han deformado artificiosamente las figuras, se ha sacrificado la descripción espacial y se han reducido a tres los colores presentes. A pesar de su inequívoco figurativismo, la imagen parece querer desprenderse de todo aquello que juzga superfluo para la representación del movimiento. Los cinco personajes representados forman, según Matisse, "un corro que parece volar sobre la colina", mientras bailan una danza provenzal. La versión definitiva de La danza (realizada al año siguiente, en 1910) presenta una viveza cromática muy superior a la de la primera versión.

En 1910 realizó una amplia muestra individual en París, en la galería Bernheim-Jeune, y viajó con Marquet a Munich para visitar la exposición de arte islámico. En 1911 se trasladó a Moscú para instalar los paneles en casa de Schukin y conoció los iconos y las artes decorativas bizantinas, que pasarían a ser un elemento esencial en su repertorio estilístico. Es claro ejemplo de ello El estudio rojo, en el que destaca la simplicidad del colorido. La superficie del cuadro es mate y plana y representa el estudio del artista, esta vez sin el artista y sin modelo, solamente con cuadros y algunos otros objetos.
Poco después viajó a Marruecos con Camoin y Marquet; pasó en el Norte de África los veranos de 1911-12 y 1912-13. Del primer verano data Jardín marroquí, una composición casi abstracta de verdes y rosas. El estallido de la Primera Guerra Mundial provocó el traslado del pintor y su familia (se había casado en 1898 con Amélie Parayre, con quien tenía dos hijos) a Collioure, donde conoció a Juan Gris. En 1916 pasó el invierno en Niza por primera vez. La placidez y el lujo de la Costa Azul resultaron ser muy de su agrado y decidió pasar allí la mayor parte del tiempo. Comenzó así en su obra una etapa de intimismo, con interiores, desnudos, odaliscas y naturalezas muertas como temas predominantes

En los últimos años de su vida, que pasó en Niza, los reconocimientos a su trabajo fueron incesantes: el Museo de Lucerna organiza su primera gran exposición antológica, con más de trescientas obras; recibe el premio de la Bienal de Venecia (1950); se inaugura una retrospectiva en el Museo Nacional de Tokio (1951) y en el Museo de Arte de San Francisco (1952), y se abre un museo dedicado a su obra en su ciudad natal. Murió el 3 de Noviembre de 1954 en Niza, a la edad de ochenta y cinco años.
Aunque Matisse sea conocido fundamentalmente como pintor, fue también un excelente escultor y dibujante. A lo largo de su dilatada carrera recibió las influencias de las sucesivas corrientes (Neoclasicismo, Realismo, Impresionismo y Neoimpresionismo), que supo transformar en un lenguaje moderno. Los maestros a los que más estudió fueron Poussin, Chardin, Watteau, Courbet, Manet y Cézanne. Su posición histórica como iniciador del Fauvismo no debe oscurecer sus logros personales al margen de un movimiento que, en realidad, duró poco y no tuvo programa. Su rival en magnitud e influencia fue Picasso, con quien mantuvo una distanciada relación de amistad y respeto durante muchos años. Los temas principales de su pintura fueron la naturaleza muerta, el paisaje, el desnudo femenino y su propio entorno (el estudio).
Mesa de servicio (Armonía en rojo). 1908
 
Cuando pensamos en la obra de Henri Matisse inevitablemente pensamos en toda la pintura y sus elementos configuradores: color, composición, armonía y movimiento sobre una superficie. No es su intención transmitir sentimientos personales o su visión del mundo, ni tan siquiera un tema o argumento literario, bajo la estela teórica de su maestro Gustave Moreau y la propuesta cromática de Paul Gauguin Matisse desarrolló una pintura en la que el lenguaje era la propia pintura para acabar su búsqueda en la absoluta simplicidad y elegancia de sus aguadas de los años 40 y la concepción de la capilla de Vence.
 Desnudo azul. 1952
<<Gustave Moreau me decía: “No debería usted simplificar la pintura hasta este punto, reducirla a esto. La pintura dejaría entonces de existir.” Y al cabo de un rato volvía: “No me haga caso; lo que usted hace es mucho más importante que todo lo que yo le pueda decir. Sólo soy un profesor y no entiendo nada.”>>
Henri Matisse fue un pintor absolutamente consciente de lo que hacía en cada momento en que pintaba. Pero en nada le interesa representar la naturaleza desde el paradigma de la pintura que encuentra su raíz en el Renacimiento. Como él mismo dirá en numerosas ocasiones lo que busca es la expresión de su propio interior en contacto con las cosas: “Todo lo que soy es todo lo que he visto”. Lo que busca es expresar la sensación que le produce el contacto con la realidad:
<< Al poco tiempo descubrí, como una revelación, el amor hacia los materiales por sí mismos. Estaba salvado. Sentía cómo empezaba a desarrollarse en mí la pasión por el color. […] Poco a poco llegué a descubrir el secreto de mi arte. Me di cuenta de que consistía en una meditación a partir de la naturaleza, en la expresión de un sueño constantemente inspirado por la realidad.>>
 Lujo, calma y voluptuosidad. 1906
Con respecto a los conceptos de epifanía o de ausencia de autor como esgrimía Mallarmé podríamos decir que en las pinturas de Henri Matisse los elementos se relacionan entre sí, el cuadro exige determinadas intervenciones y le pide al pintor que actúe de un modo determinado. Hay fuerzas en el interior de un cuadro que actúan por sí mismas, algo que aprendió viendo la pintura de Cézanne:
<<La obra de Cézanne contiene una serie de leyes de composición muy útiles para un pintor  joven. Uno de sus grandes méritos consistió en lograr, cumpliendo así su más alta misión como pintor, que los distintos tonos actuaran como fuerzas sobre el conjunto del cuadro.>>[2]
           
El pintor es el que se da cuenta de ello y actúa en consecuencia. Diríamos que el cuadro se construye a sí mismo a través del pincel del pintor, que es el que está capacitado para comprender lo que el cuadro le dice, para interpretarlo y para llevarlo a cabo:
<<Debo pintar un interior: tengo ante mí un armario y me produce una sensación de rojo vivísimo; pinto un rojo que me satisface. Entre este rojo y el blanco de la tela se establece una relación. Si luego pongo al lado un verde o bien pinto el suelo de amarillo, seguirán existiendo entre el verde o el amarillo y el blanco de la tela relaciones que me satisfagan. Pero estos tonos diferentes pierden fuerza en contacto con los otros, se apagan mutuamente. Es necesario, pues, que las diversas tonalidades que emplee estén equilibradas de tal manera que no puedan anularse recíprocamente. Para ello debo poner orden en mis ideas: la relación entre los diferentes tonos ha de establecerse de manera que sea capaz de exaltarlos en vez de anularlos. Una nueva combinación de colores sucederá entonces a la primera y ofrecerá la totalidad de mi representación. Me he sentido obligado a trasponer los colores y por eso parece que mi cuadro ha cambiado totalmente cuando, como consecuencia de sucesivas modificaciones, el rojo ha remplazado al verde en tanto que tonalidad dominante, por ejemplo. No consigo copiar servilmente la naturaleza sino que me siento forzado a interpretarla y a someterla al espíritu del cuadro. Una vez que he dado con todas las relaciones tonales, el resultado es un acorde vivo de colores, una armonía análoga a la de una composición musical.>>[3]
 Retrato de mujer (Retrato de la franja verde). 1905

Esta capacidad que el pintor tiene para comprender qué es lo que el cuadro le ordena y exige está basada para Matisse, como bien comprendió Apollinaire, en la intuición:
<<Ordenar el caos, he aquí la creación. Y si el objetivo del artista es crear, es necesario un orden en el cual la medida será la intuición.>>
Por eso la pintura de Matisse es una lección de composición, de obtención de armonía, equilibrio, tensión y movimiento. Descubrió la elegancia de las formas en los entornos más cotidianos y comprendió el poder de la línea y el color para sintetizar motivos, objetos y espacios. Todo aparece dosificado con eficiencia, ni exagera el ornamento ni enloquece el color; por encima de todo, armonía en la composición de colores y figuras sobre una superficie bidimensional. En el caos que puede ser la vida de una persona que vive la época de las vanguardias y sufre dos guerras mundiales, en el caos que pueden ser los materiales y las manchas de color sobre el cuadro, Matisse logra siempre la luz, la armonía y el orden bajo la humildad de quien respeta las leyes que el cuadro se imprime a sí mismo. El ejemplo perfecto es su obra El estudio rojo (1911), aquí los elementos se disponen y colocan entre ellos configurando la perspectiva, la ventana está en un lugar secundario y no muestra nada más allá porque la pintura ya no tiene por qué ser la representación de nada ajeno a ella misma, el cuadro se construye a partir de los colores y los cuerpos en reposo dominados por un reloj sin tiempo y el centro del estudio del artista está ocupado por un intenso y extenso rojo, el artista no está porque ha aceptado las leyes de un arte que se gobierna a sí mismo.
 El estudio rojo. 1911

Es muy significativa la anécdota que reza que en la exposición donde estaba colgado el Retrato de la franja verde, cuando una mujer le dijo a Matisse que las señoras no tienen la nariz amarilla él respondió:
-       -   Señora, esto no es una mujer, esto es un cuadro.-

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